jueves, 17 de diciembre de 2009
- LA COSECHA –por Carmen Romero
– Pase –dijo el doctor.
– Verá, –Joaquín, comienza a explicar lo que le ocurre sin que el doctor le haya preguntado –estaba dando un paseo por el campo y se me ha introducido un cuerpo extraño. Vamos, que tengo un cuerpo extraño.
– De acuerdo –el doctor habla mientras ordena unos papeles –siéntese en la sala de espera y le avisan por megafonía cuando llegue el especialista. Buenas tardes.
Joaquín sale de la consulta y permanece de pie en la sala de espera un cuarto de hora aproximadamente hasta que pasa a la consulta del especialista. Joaquín no acaba de entender porqué le han hecho pasar a una consulta cuyo rótulo dice ‘oftalmología’.
– Siéntese aquí, voy a buscar el colirio –la oculista se dirige a Joaquín.
– ¡¿Colirio?!
A las puertas del quirófano esperaba su mujer.
– No te da vergüenza, Joaquín. Por favor, que voy a ser la comidilla de todo el pueblo. ¿Y tus hijos? Van a ser motivo de risas de todo el colegio. Cómo se te ocurre…
– Ha sido un accidente Amalia. Iba por el campo y me caí…
– ¿Pero eso quién se lo cree? Piensas, en serio, ¿qué me voy a tragar eso?
Joaquín miraba la cosecha, las vistas que estaba contemplando eran preciosas. Nadie a un lado, nadie al otro. El sol de las cuatro de la tarde de febrero era muy agradable, empezaba a hacer buen tiempo en el pueblo, ya mismo llegaría la primavera. Contemplaba los tomates, las patatas, las cebollas, los pepinos… Coge un pepino y lo desliza sobre sus dos manos. Ya no tiene tierra. Sigue frotándolo…
Seguía paseando y el sol iba cayendo. La chapa de la puerta verde de la casetilla del campo estaba fría, la sentía en la espalda. Sin que hubieran pasado más de quince segundos, Joaquín se encontró disfrutando y gimiendo lo más bajo que podía dentro de aquella casetilla…
Le entró el pánico, un sudor frío corría ya por sus mejillas. No podía, no salía, estaba atascado. Tiraba y sentía mucho dolor, no podía sacarlo. Intentó montarse en el coche y conducir hasta un pueblo lejano para acudir a urgencias pero, no podía sentarse, veía las estrellas cada vez que intentaba sentarse en el cuero del sillón de su BMW E250. No tenía más remedio, caminaría hasta la casa de socorro del pueblo…
– Amalia, por favor...
– No sé si voy a poder perdornarte esto, Joaquín.
Carmen Romero – Relato 2
PROFUNDAMENTE GRIS por Braulio Moreno Muñiz braulio_moreno@ya.com
Pablo no podía imaginar que tras la noche de risa de luna y guiños de astros refulgentes y alegres, y tras un sueño espantado a golpes de repetirse que ya era hora de acudir al tajo, iba a encontrar, donde él solía trabajar a diario, un conflicto provocado por la negativa (otra vez) del patrón a suscribir todas las demandas que habían expuesto la mayoría de los jornaleros que, al igual que Pablo, trabajaban en la finca. Los compañeros del Comité de representantes, que en la tarde anterior habían estado negociando con el dueño de la heredad, estaban ahora, en esta mañana que aún no lo era, en la puerta de entrada esperando a que los compañeros llegaran para informarlos de las nuevas que traían para aquellos que en este, que parecía iba a ser alegre día, vinieran con la curiosidad de saber qué había pasado la tarde anterior en la decisiva reunión que mantuvieron con el patrón. Todos los que iban llegando miraban al cielo extrañados, porque el astro sol no acababa de salir por el horizonte tiñendo de violeta-rojizo el cielo, al que se solía mirar implorando a veces esa lluvia fría que ayuda a fecundar la tierra parda, convirtiendo la débil espiga verde en amarilla vara torcida y preñada del rico grano con que agradece la eterna madre el trabajo que cuesta mimarla. Y Pablo no se podía imaginar el conflicto que le esperaba porque, apoyado en su positivismo y en su candidez, se había dado a pensar, durante la alegre noche de luna arqueada hacia arriba, que era tan poco y tan justo aquello que pretendían los jornaleros que el patrón no se negaría a acceder a sus pretensiones, pero cuando estuvo ante la puerta de la finca con los demás, que habían ido llegando poco a poco, y el comité los informó de la sinrazón de aquel al que le costaría tan poco hacerlos sentirse más felices, volvió a la realidad del pesimismo de una mañana que, aún sin nubes, se había tornado, cuando el sol salía ya por el lejano horizonte, más fría y gris que las que solían reinar en pleno mes de Diciembre. Ante la noticia de que seguramente se iban a quedar sin las añoradas mejoras, el descontento se extendió por entre todos los asistentes, y ya se oían voces que pedían tomar alguna medida para hacer cambiar de opinión al maldecido dueño de la explotación, porque no era justo que aquel que menos trabajaba, o que no trabajaba nada, pues sus labores las había dejado en manos de manijeros y encargados, se llevara el fruto íntegro de una buena cosecha que había sido tal gracias al esfuerzo y al sudor de todos los que estaban allí reunidos, y aún de algunos más que no se encontraban allí porque habían cambiado de trabajo. Según parece, la promesa de una buena cosecha había animado a pensar al patrón que el beneficio este año iba a ser mayor que en años anteriores, y hecho ya a la idea del buen negocio, las demandas de los jornaleros lo estaban haciendo sentirse decepcionado con lo que parecía para él, hasta el momento, un golpe de buena suerte.
Espoleados por la fuerza que da la unidad del grupo, y animados por la justeza de sus reivindicaciones, los obreros agrícolas tomaron la decisión de ir a la huelga, pero antes, los compañeros del comité tenían que ir a exponer su resolución ante el patrón explotador que no quería compartir la bonanza de la cosecha con aquellos que se habían esforzado tanto para conseguirla. Así que sus representantes tomaron el camino de la casa grande para, en un último esfuerzo, y ante la presión, intentar hacer que el empresario aceptase sus demandas.
Mientras tanto, los decepcionados trabajadores del campo esperaban, haciendo corros donde se hablaba de todo, a que el comité les trajera alguna noticia, pero sin esperanzas ya de que las contradicciones ante las que se encontraban obreros y empresario se arreglaran sin tener que hacer un esfuerzo en la pugna para conseguir lo que se pedía.
Pablo estaba apartado; ya no miraba al cielo porque el sol estaba alto y molestaba en la retina, su cabeza se inclinaba sobre sus pies que estaban sobre la tierra blanda. Intentaba calcular cuánto le descontarían por cada día de huelga, y se encomendaba a todos los dioses para que el conflicto no se alargara en el tiempo. Pensaba que después del periodo en que estuvo cobrando el mísero subsidio, había tenido la suerte de que lo llamaran para ganarse unos jornales que levantarían la maltrecha economía de su casa. Sentía una mezcla de alegría, tristeza, desazón, desamparo e incertidumbre. Alegría porque la noche anterior había estado con su compañera tendido tranquilamente en la terraza de su casa, bajo el cielo estrellado, mirando el firmamento, maravillándose de que hubiera tantos astros esparcidos por aquello que parecía el reflejo de lo que había aquí abajo, pues los cuerpos brillantes semejaban ciudades vistas a lo lejos en una noche oscura. Los puntos luminosos eran las farolas, que en la distancia sólo dejan ver el brillo de su luz. Y las nebulosas se habían convertido, por arte de la imaginación, en caminos perfectamente iluminados. Luces arriba, luces abajo, todo porque el ser humano trata por todos los medios de huir de la eterna oscuridad en la que nace, porque si cierra los párpados y se mira por dentro no ve nada, sino que lo invade la tremenda sensación de encontrarse en un negro abismo del que es imposible salir si no se abren los ojos y se mira para afuera, donde hay luz de sol, luz de luna, luz de estrellas lejanas que, aún después de extinguidas, acuden a dar consuelo, desde su lejanía, a todos aquellos que por no abrir los ojos se sienten en la terca oscuridad profundamente gris de la soledad. Y sentía tristeza, desamparo e incertidumbre, porque desde su soledad, no podía dar solución a los problemas que se le planteaban en estos momentos de contrariedades cotidianas.
Pero fueron las voces de los demás las que lo sacaron de sus pensamientos, y éstas, eran el reflejo exterior de lo que a él le estaba pasando por la cabeza, ya que aquellos que estaban en un grupo cercano a donde se hallaba Pablo, maldecían la actitud del patrón por forzarlos a tener que tomar la decisión de hacer la huelga, sobre todo en un momento en que las economías de cada uno andaban excesivamente raquíticas; sin embargo, llegaron a la lúcida conclusión de que siempre sería mejor luchar que rendirse sin hacer nada, además ya estaban seguros de que ganarían en esta pelea, era cuestión de tiempo. Entonces, se reconoció en sus compañeros, y, mirando directamente a los ojos de todos, vio en sus pupilas esa luz familiar que, viniendo de la lejanía, nos acerca a los demás. Y pensó que la luminiscencia del universo acude a cada uno de los seres humanos por igual, y se refleja en todas las miradas para reconocernos en nuestro prójimo. Repentinamente, la tristeza, la incertidumbre y el desamparo desaparecieron de su interior porque se dio cuenta de que no estaba solo.
Braulio Moreno Muñiz
miércoles, 16 de diciembre de 2009
Enhorabuena a los compañeros
Edwin
- 1001/ por Miguel Ruiz
Las siete de la mañana. Conocía muy bien esa hora, en su despertador cada mañana durante treinta años era la primera visión que tenía, antes de ver a su mujer entre las sábanas, de ver las pequeñas luces que bajaban de las persianas domóticas que día y noche hacían su calculado baile.
Esta mañana tampoco estaba Fabiola, parecía un mal sueño despertar y sentir su vacío, despertar y ver su viejo cuerpo solo en la cama, golpeado por el abandono. Desde que Fabiola decidió dejar de fingir, se levantaba con un sabor agrio en la boca, casi una carraspera que no quitaba su cepillo eléctrico, ni su crema Colgate, ni su vaso de Oraldine.
Seguía luchando con ese sabor agrio -ahora le tocaba al hilo dental- mientras buscaba en la habitación placard el traje Armani verde. El placard había sido barrido por Fabiola el día que fue a por sus cosas “es como si hubiese pasado un huracán, un huracán que parte un país en dos”- pensaba al alcanzar el traje verde Armani, el único que aún estaba limpio.
Luchaba con la corbata de seda y sus mechones blancos a la vez. Había mejorado mucho sí, esta vez a la tercera, a la tercera pudo hacer el nudo. Después de treinta años de casados sólo pensaba en ella al hacerse el nudo de la corbata y quizás alguna vez al despertar.
¿Por qué se había torcido todo, que carajo, por qué se había ido todo tan a la mierda? Nunca una queja, nunca una pelea en esos treinta años y un día “no soy feliz” y otro día “es mejor que me vaya” y otro día “soy Alberto Rossetti represento a su mujer Fabiola….”
-Fuf –sentado en el sillón de cuero de su Nissan Murano 4x4 el indicador marcaba un cuarto de tanque, “¿tendría suerte, le alcanzaría para llegar al congreso, llegaría el primero al Congreso? siempre llegaba el primero”.
Dejó su Murano en reserva frente al hotel “cárgate a la habitación una buena propina muchacho” –comentó al aparca coches mientras se deslizaba hacía el lobby del hotel.
-Una moneda hombre –le sorprendió un mendigo desarrapado a la entrada del hotel.
-Lo siento hijo esta la cosa mala.
-Pues si, siempre ha estado la cosa mala, para dar.-creyó escuchar mientras entraba en la puerta corredera.
-Señor Villafrán, cuanto gusto tenerle de nuevo con nosotros –comentó el hombre tras el mostrador.
-El placer realmente es mío, tienen las mejores almohadas de toda la ciudad –sonrió de placer, siempre lo hacía cuando lo llamaban Sr. Villafrán.
-Tome, su habitación de siempre, esta todo preparado –extendió una tarjeta electrónica.
-Perfecto, de veras te lo agradezco, cargue entonces una buena propina a la 1001, voy al Congreso, no pueden empezar sin mí.
-Tenemos aquí un grave problema, un grave problema entre manos –dirigía a su antojo el auditorio, esa facilidad de palabra, el carisma, era el que le había llevado a la cima.
-Otra vez son los bancos los que amenazan con acabar con nosotros, son y perdónenme la expresión: unos hijos de putas –el auditorio, unas sesenta personas rugía después de cada frase.
-Y no hablemos de los grandes empresarios, los conglomerados, son ellos los dueños de este contubernio, un contubernio contra nosotros los pequeños, el motor de la economía carajo –toma un vaso de agua, ordena sus blancos mechones y continua con su discurso.
-Hemos visto como este contubernio afecta nuestra vida, a nuestra familia ¿y que hacemos? ¿Nos vamos a quedar cruzados de brazos? –su semblante, el semblante jocoso y amistoso al inicio de la reunión, se enciende con fuegos revolucionarios.
-Solo queremos que se pague por nuestro trabajo, solo eso, parece que estamos mendigando, se van con nuestro dinero no hay derecho, pero ¿Cómo hemos llegado a esto? –aclamaciones generales, murmullos, manos levantadas, el hombre de mechones canos levanta la mano.
-Tranquilos, tranquilos, ya tendremos tiempo de debatir casos concretos. Ahora lo más importante es tener en cuenta la solidaridad. Debemos ser más solidarios que nunca, no importa si somos pequeños o grandes, aquí todos somos iguales. Siempre lo he dicho, es tan importante el tiempo de un mendigo como el de un gran empresario, porque el mendigo también necesita tiempo para mendigar, y eso es mío no lo leí en ningún sitio.
-¿Son de cuero esos guantes? –susurra alguien al fondo de la sala, después de una hora de discurso la atención empieza a menguar.
-No pero parecen, tócalos –comenta su compañero animado.
-No lo habrás comprado en los chinos –ambos sonríen antes de ser reprendidos por el conferenciante.
-Señores por favor estamos a punto de hacer un descanso para el café, acabemos con este bloque y luego charlamos. Siguiendo a la cuestión de la mano de obra barata y la inmigración……
-Lo siento –mugió uno de ellos mientras pensaba “estas acabado cabrón”
No estaban en la reunión de ninguna ONG, ni la reunión periódica de
Eran digamos, el último eslabón en la escala de explotadores, muchas veces explotados sin más, las plantas de la selva económica mundial, o como esos pececitos que acompañan al tiburón y fervientemente limpian su mierda, hasta que un día el tiburón huye satisfecho, o los devora hambriento.
En una sala en la penumbra, Vicente Villafrán dominaba los tiempos de la reunión e intentaba convencer a sus renuentes colegionarios de que debían endurecer sus acciones “no preocupamos a nadie, porque no jodemos a nadie”, proponía iniciativas “yo ya he hecho una campaña, el euro solidario, a toda la familia de la profesión a todos mis amigos, les propongo que me ayuden con un euro solidario para hacer frente a todos aquellos que nos están desangrando, para pagarle a mis empleados” -iniciativa, eso era lo que faltaba en el mundo iniciativa, pensaba.
Vicente Villafrán era imponente, se sabía imponente, siempre le escuchaban: en sus empresas, en su casa, en
Se miraba a los espejos que habían a ambos lados del salón, casi había conseguido unos ojos que no pestañean, esos ojos translúcidos y acechantes, esos ojos de tiburón. De tanto tratar con tiburones se creyó uno de ellos, pero entonces las cosas se torcieron.
Se sorprendió un día pidiendo dinero prestado para llenar el depósito de su Murano 4x4, y pidiéndole a los periodistas que iban a las ruedas de prensa de
“Un hombre hecho a sí mismo” tantas veces se lo habían dicho, pero ¿qué carajo significaba eso? Ahora que tenía más tiempo para pensar, analizaba esa frase, un hombre que se hace a sí mismo, un hombre que se hace a sí mismo…. Un escultor, un artesano de máscaras, una gilipollez de frase, ¿por qué habría sonreído tantas veces al escucharla?
-Gracias a Vicente Villafrán, nuestro compañero, un hombre hecho a sí mismo -y él sonriendo y la gente aplaudiendo, y sonrisas e hipocresía, y admiración y temor, todo en aquel auditorio, y él hablando esa mañana y nadie que escucha.
El día había transcurrido ajeno a las Conferencias, a las corbatas, a los canapés y al abrir la cortina de su habitación Villafrán se sorprendió de estar ya en noche cerrada. Abrió un poco la ventana y encendió el último cigarrillo.
Ya conocía la 1001, y desde las alturas la ciudad parecía bella, parecía otra. ¿Estaría Fabiola dormida? Podría llamarla, podría llamarla y convencerla de que hiciese sus nudos de corbata hasta la muerte, y decirle que le pasase a su hijo Andrés y prometerle ir al futbol cuando todo estuviese más claro.
¿Estaría despierto el gerente de la sucursal?, podría llamarlo, podría llamarlo y decirle que por favor, que solo una vez más, que tenía que pagar las nóminas, que las familias, que sus empleados, que el pagaría, si que pagaría.
Empezaría desde abajo, sí desde abajo como al principio, desde abajo y la ventana cada vez más abierta, y los mechones blancos que se sacuden y brillan en la oscuridad, y la corbata que aletea buscando las estrellas y un bulto y las luces y las bocinas de los coches que lo devoran todo en la noche.
-Una moneda hombre –le sorprendió un mendigo desarrapado a la entrada del hotel.
-Lo siento –balbuceó sin mirarle mientras repeinaba su melena rubia y se escabullía al lobby.
-Señor Michelena, cuanto gusto tenerle de nuevo con nosotros –comentó el hombre tras el mostrador.
-El placer realmente es mío, tienen las mejores almohadas de toda la ciudad –sonrió de placer, siempre lo hacía cuando lo llamaban Sr. Michelena.
-¿Desea usted la 1001? Aunque en un principio estaba ocupada he podido reorganizar las reservas para que disfrutase de su habitación de siempre.
-Perfecto, de veras te lo agradezco, cargue entonces una buena propina a la 1001, voy a desayunar que suban mis cosas “¿podría ser el mundo más perfecto?”-se preguntaba al mirarse al espejo del ascensor, vio sus ojos que no pestañeaban, translúcidos y acechantes, esos ojos de tiburón.
domingo, 13 de diciembre de 2009
la magdalena de Proust
Fragmento de
En busca del tiempo perdido
(conocido como "la magdalena de Proust")
Y muy pronto, abrumado por el triste día que había pasado y por la perspectiva de otro triste día tan melancólico por venir, me llevé a los labios una cucharada de té en la que había echado un trozo de magdalena. Pero en el mismo instante en que aquel trago, con las migas del bollo, tocó mi paladar, me estremecí, fija mi atención en algo extraordinario que ocurría en mi interior. un placer delicioso me invadió, me aisló, sin noción de lo que causaba. Y él me convirtió las vicisitudes de la vida en indiferentes, sus desastres en inofensivos y su brevedad en ilusoria, todo del mismo modo que opera el amor, llenándose de una esencia preciosa; pero, mejor dicho, esa esencia no es que estuviera en mí, es que era yo mismo. Dejé de sentirme mediocre, contingente y mortal. ¿De dónde podría venirme esa alegría tan fuerte? Me daba cuenta de que iba unida al sabor del té y del bollo, pero le excedía en mucho, y no debía ser de la misma naturaleza. ¿De dónde venía y qué significaba? ¿Cómo llegar a aprehenderlo? Bebo un segundo trago, que no me dice más que el primero; luego un tercero, que ya me dice un poco menos.
[...]
Vuelvo con el pensamiento al instante en que tomé la primera cucharada de té, y me encuentro con el mismo estado, sin ninguna claridad nueva. Pido a mi alma un esfuerzo más que me traiga otra vez esa sensación fugitiva.
[...]
Y luego, por segunda vez, hago el vacío frente a ella, vuelvo a ponerla cara a cara con el sabor aún reciente del primer trago de té y siento estremecerse en mí algo que se agita, que quiere elevarse, algo que acaba de perder ancla a una gran profundidad, no sé el qué, pero va ascendiendo lentamente; percibo la resistencia y oigo el rumor de las distancias que va atravesando.
[...]
Y de pronto el recuerdo surge. Ese sabor es el que tenía el pedazo de magdalena que mi tía Leoncia me ofrecía, después de mojado en su infusión de té o de tila, los domingos por la mañana en Combray.
[...]
Y como ese entretenimiento de los japoneses que meten en un cacharro de porcelana pedacitos de papel, al parecer, informes, que en cuanto se mojan comienzan a estirarse, a tomar forma, a colorearse y a distinguirse convirtiéndose en flores, en casas, en personajes consistentes y cognoscibles, así ahora todas las flores de nuestro jardín y las del parque del señor Swann y las ninfeas del Vivonne y las buenas gentes del pueblo y sus viviendas chiquitas y la iglesia y el Combray entero y sus alrededores, todo eso, pueblo y jardines, que va tomando forma y consistencia, sale de mi taza de té.
(Marcel Proust; 1919, 60)
miércoles, 9 de diciembre de 2009
UNA MÁS Montserrat Zamora G.
TIP! TIP! TIP! TIP! TIP! TIP!
Suena el despertador. Silvia, aún con los ojos cerrados, lo busca torpemente con la mano. -Joder ¿dónde está?
Mario se lleva la almohada a la cabeza y gruñe. –Cariño, botón rojo
-¡Ya! Ya lo sé ¡Es que ésta mierda!
Perfectamente vestida Silvia sale corriendo de casa, baja las escaleras, cruza el portal y hecha una carrera a la parada de autobús que está a “tan sólo” 3 bloques. A pocos pasos empieza a notar que uno de los tacones le molesta, a cada paso molesta más, pero tiene prisa: quiere seguir pero ya no puede más, se detiene y observa el daño, el talón está bastante rojo y empieza a pelarse, arde. -¿Por qué no puedo tener un coche como la gente normal?
Sabe que tiene que seguir y lo hace, cada paso es insoportable y a cada paso la vida le parece más injusta, estúpida, mierda, etc. Cuando llega a la parada del autobús no sabe si quiere matar a alguien o ponerse a llorar. Pero ni mata a la pobre anciana que espera sentada, ni se pone a llorar, ambas opciones son inviables, sobre todo porque matar a alguien le supondría ir a la cárcel y, aunque llorar es más sencillo, por desgracia el día que Silvia fue a surtirse de sus múltiples cremas y potingues, decidió que, recientemente cumplidos los 25, necesitaba la nueva crema LÓREAL anti-edad, y como salía a mayor precio que la que solía comprar, no le alcanzó para el rímel waterproof.
Silvia se pone justo enfrente de la puerta automática. Por una extraña razón el sensor de la entrada de su trabajo no nota su presencia, es injusto, ella ha visto como se abre en cuanto pasa una mosca o hay mucho viento. Alza el brazo y abre.
-Hola María
-Hola –Contesta su compañera. Silvia, comparte con ella el escritorio de lunes a viernes durante ocho horas, pero es obvio que no tienen nada en común, ella ya está casada y todo se lo toma demasiado en serio, por eso es que tienen una relación meramente profesional.
-¿Qué hora es?
-Sabes perfectamente que llegas tarde, yo ya llevo cuatro llamadas y ya ha llegado el jefe.
-¿Se dio cuenta qué no habías llegado?
-No pregunto, pero supongo que si tus cosas no están, puede deducir que no habías llegado
-Mierda –Susurró Silvia pensando en que si la echaban podría ser una oportunidad de cambiar de vida. -En verdad deseaba tener otra diferente.
Silvia se aburre. En el trabajo de recepcionista hay momento en que hay millones de cosas que hacer, las cuales siempre son de extrema urgencia y necesitan ser resueltas en ese mismo segundo. –¡Son para ayer! -Siempre grita Manuel, su jefe, cuando necesita algo con urgencia. Pero hay otras ocasiones en las que no pasa absolutamente nada.
Silvia decide terminar con este aburrido momento yendo al servicio. Pero justo en el momento que va a coger su bolso. María le dice: -Voy al servicio que no puedo más.
-Que mala suerte, bueno ya iré cuando regrese María -pensó.
Sin salida, Silvia empezó a mirar su cuaderno de notas:
Miércoles: Cita en “Persan”, llevar nuevo presupuesto de lanzamiento de campaña
Jueves: Reunión con Lilia de “Viajando”
De pronto, suena el teléfono –Universal Creativo ¿En qué podemos servirle? Justo antes de que la persona al otro lado del teléfono pueda contestar, suena la otra línea. Silvia voltea a ver si viene María a su rescate. Pero no es así, por lo que, sin escuchar lo que dice la persona al otro lado del teléfono, ella rápidamente contesta: -Un momento por favor. Deja ese teléfono y tomo el otro que la atosiga con su timbre. –Universal Creativo, un momento por favor manténgase en la línea. Regresa al primero:
-¿Si? Dígame
-Hola, dígale a Manuel que el presupuesto está aprobado y que esperamos los primeros bocetos para el martes.
Suena una tercera línea
-Muy bien, yo paso el recado. Espere un momento, que tengo otra llamada.
Coge la tercera línea –Universal Creativo, un momento por favor.
Coge la segunda línea –Gracias por esperar, dígame.
-Llamo porque necesito cambiar mi cita del jueves.
–¿Es usted la señora Liliana?
-Si, por favor avisa al señor Joaquín que me viene mejor el viernes a la misma hora, que si tiene algún inconveniente que me llame.
-Muy bien yo le digo, que tenga un buen día.
-Toma la tercera línea -Gracias por esperar, dígame
-Hola, necesito que me des tono de fax
-Vale en seguida. –Cuelga el teléfono y le da a la tecla de ON al fax. Y susurra: -Me podrían dejar en paz.
Mira el conmutador aun tiene la primera línea abierta, se le había olvidado, aprieta el botón para coger la línea. PIT! PIT! PIT! PIT! Han colgado.
Silvia mira su libreta, tacha la cita de la señora Liliana y la coloca en el viernes, después mira: Miércoles: Cita en “Persan”, llevar presupuesto de lanzamiento de campaña. Y le pone una palomita al final. Toma el teléfono y llama a la línea de Manuel.
-¿Si? ¿Qué pasa Silvia?
-Llamo la señora Liliana y dijo que quería cambiar su cita para el vienes a la misma hora.
-No, ese es asunto de Joaquín. ¿Algo más?
-Sí, los de “Persan” llamaron diciendo que el presupuesto estaba aprobado.
-Perfecto. Muchas gracias. ¿Algo más?
-No eso es todo
Son las ocho menos cinco de la mañana, Silvia está levantando el brazo para que la puerta de cristal abra. Entra contenta porque hoy ha llegado a tiempo. Deja sus cosas, y justo antes de sentarse, escucha que abre la puerta de su jefe. -Silvia puedes venir un momento.
Son las nueve menos cuarto, Silvia sale de la oficina de su jefe con la cara pintada de negro a causa del rímel no waterproof. María al verla, le pregunta -¿Qué ha pasado?
-Me han echado, la he cagado muy gorda al parecer
-¿Cómo?
-Por favor María déjalo, necesito salir de aquí
Se escucha como entra la llave en el cerrojo, es Mario que vuelve del trabajo. Silvia está sentada en el salón esperándolo. Sabe que esto será un problema gordo.
-Hola cielo
-Hola ¿Cómo es que has llegado antes que yo?
-Es que… es que me han echado del trabajo
-¿Qué paso? ¡Aunque ya se habían tardado, como siempre llegas tarde!
-No fue eso, es que perdieron una cuenta grande por mi culpa, pero fue un estúpido error, fue un día con mucho trabajo y María me dejo con toda la responsabilidad, así que…
-Así que nada, tan estúpido fue el error que te echaron ¿Y ahora qué? ¿Cómo piensas pagar el alquiler? ¿La comida? ¿Y todo lo demás? Porque te apuesto lo que sea a que no tienes un céntimo ahorrado. ¿Y yo? Te has dado cuenta de que comparto el alquiler y los gastos contigo. Yo no puedo solo, el dinero que tengo ahorrado es para las mensualidades del coche, vamos que es para mí porque yo lo trabajé.
-Lo siento
-Y yo, porque sinceramente no sé cómo le voy a hacer
-¿Cómo? Pues…Pues hemos terminado, pensaba que iba a tener más apoyo de tu parte pero por lo visto lo único que te importa eres tú y tus cosas. Así que me voy con mi abuela, estamos a mitad de mes, tal vez puedas encontrar un compañero o buscarte otro sitio. ¡Y tranquilo que no te pienso pedir el dinero de los quince días que ya pague!
Mario sale del piso azotando la puerta, Silvia echa a llorar, entra en la habitación y comienza a hacer sus maletas. Esta triste por lo de Mario, pero también está asustada, no sabe qué le va decir su abuela.
En la maleta grande negra echa la ropa interior y las pijamas hechas un lio. Después están la mayoría de sus camisas, pero bien dobladas y procurando hacer espacio para todo lo demás, intentará llevarse todo lo que pueda en este viaje. Introduce los pantalones, los zapatos, los bolsos, el secador de pelo, la plancha y por último el chaquetón de invierno para amortiguar.
En el neceser rojo introduce el maquillaje, las cremas y demás. Al ver la cantidad de frascos de las distintas y carísimas marcas, desea poder venderlos. Ella sabe que gasta demasiado en este tipo de cosas y que en su mayoría no dan los resultados prometidos. Y aunque en estos momentos desea no haberlos comprado por otro lado sabe que le encantan, ama cuando va a la tienda y las vendedoras le tratan como una persona con dinero, las glamurosas tapitas doradas y los perfumes que emanan.
DING, DONG
Se escucha movimiento, en particular las ruedas de la silla de su abuela.
-¿Quién es a estas horas?
-Yo abuela, Silvia.
El pomo de la puerta gira y se entre abre la puerta. Se escucha el movimiento de la silla que se aleja.-¡Ahora, abre!
Silvia abre del todo la puerta y da un paso atrás para tomar sus maletas.
-¿Y tú? ¿De dónde vienes o a dónde vas?
-Vengo a quedarme contigo abuela porque me he quedado sin trabajo y sin dinero para el alquiler. –Pone cara de niña regañada.
-Venga, pasa. Deja tus cosas en la habitación de invitados.
Sentadas en la cocina de la vieja casa y con una taza de té de canela con leche entre las manos, Silvia le cuenta con lujo de detalle lo sucedido. La abuela la escucha sin interrumpir, con expresión de estar tramando algo.
La nieta conoce bien a la abuela y sabe que maquila algo, tiene miedo porque sabe que esa mujer es de carácter fuerte. Recuerda que cuando era niña solía reprender a su madre por consentirla tanto, además de nunca haber sido cariñosa. Nunca le ha caído del todo bien, pero es la única familia que le queda. Silvia no conoció a su padre porque este huyo al enterarse de que su madre estaba preñada. Además su madre hace cuatro años se caso con un mormón insoportable que de cada cinco palabras que dice, una es Dios, así que es como si tampoco la conociera.
-Pues la vida es así hija y hay que sacarle el lado bueno a las cosas. Yo creo que todo tiene una razón de ser y sinceramente, me viene perfecto que tú estés aquí porque yo cada día estoy más vieja y más cansada, y tú bien podrías ayudarme.
-Claro abuela
-Pues muy bien, primero quiero que me des mi medicina a mis horas, a mí siempre se me olvidan. Ah, y telefonearé a la vecina para decirle que no hace falta de que venga todas las noches a ayudarme a acostarme y que no volveré a molestar a su marido para que me lleve a la consulta, porque por fin mi familia ha venido a ayudarme. Aunque les voy a echar de menos, son tan buenas personas.
-Supongo que tendrán tiempo de sobra, si vienen todas las noches y por el día te llevan a la consulta…
-Que va, María y Esteban son un matrimonio joven y ambos tienen su trabajo, ella trabaja todo el día y él trabaja de tarde-noche y por eso es que puede llevarme a las consultas
-Pues bien abuela, llama a los vecinos más buenos del mundo y diles que por fin ha venido tu nieta a ayudarte. Aunque deberías decirle al vecino que vamos a necesitar de su ayuda para llevarte a la consulta, porque yo no tengo coche.
-No hija, no te preocupes, que yo te regalo el coche de tu abuelo con la condición de que me lleves a la consulta.
-¿El sedan? ¿Pero eso aún existe? ¿Y sirve?
-Pues es el que utiliza el vecino para llevarme, anda perfectamente, así que más bien deberías darme las gracias por el regalo.
-Gracias
Y así esa misma noche empezó la rutina. A las once acostar a la abuela, a las dos de la mañana la pastilla naranja. A las siete la azul para la hipertensión, después del desayuno las dos pastillitas blancas, después de la comida la pastilla que hay que triturar, porque la abuela dice se le atora, y después de la cena las dos pastillitas blancas otra vez. Un viernes sí y otro no a ver al médico, además de ayudar en las labores de la casa y buscar trabajo después de las dos pastillas blancas del desayuno y la hora de preparar la comida.
TIP! TIP! TIP! TIP! TIP! TIP!
Silvia se sienta sobre la cama, apaga el despertador, se despierta del todo y se dirige al servicio, en eso escucha un grito – ¡Niña! Nos vamos en quince minutos
-¿Cómo? Si son las ocho y la cita la tienes a las nueve.
-La cita es a las nueve, pero tenemos que llegar con tiempo para registrar la ficha y…
Silvia cierra la puerta del baño, no quiere escuchar más, ahora tiene que darse prisa. Se lava la cara, los dientes, se recoge el pelo en un moño y sale corriendo a su habitación, se quita la pijama, se pone la misma camiseta de ayer y un chándal, se pone los botines del footing, toma su bolso y sale corriendo a la cocina. La abuela espera que le den su té de canela con leche y una madalena. Calienta el agua, saca las madalenas y la caja del té, las pone en la mesa. Dos minutos después cada una tiene su té y su madalena. Fin del desayuno, ahora tiene que sacar a la abuela y montarla en el coche, primero hay que cargarla para ponerla en el asiento del copiloto después hay que doblar la silla y meterla en el maletero.
-Vamos tarde
-Ya lo sé abuela
Silvia conduce pero al mismo tiempo está haciendo un recuento mental: Cerrar la puerta con dos vueltas, sí; Apagar el fuego, sí; Traer bolso marrón, joder.
En ese mismo momento voltea al asiento de atrás para mirar el color de su bolso, efectivamente es el bolso negro y su cartera con el carnet de conducir esta en el marrón. Estira el brazo, quiere ver si de casualidad en el ajetreo se acordó de cambiar la cartera, voltea un segundo y logra cogerlo.
Un ruido ensordecedor, un fuerte golpe, se escuchan vidrios, un segundo de exceso movimiento y al segundo después la calma total.
Silvia escucha una sirena, abre los ojos, delante de ella hay un bulto, no sabe lo que es, se incorpora en su asiento, le duele todo y está cubierta de vidrios, voltea asía el bulto, es su abuela que ha atravesado el parabrisas, tiene medio cuerpo fuera. Ha matado a la vieja.

