tiovivo
A su hermano, el Jacinto, el del 13, rara es la vez que se le ve sin unas tenazas, alicates o martillo, en su mano izquierda (es zurdo), ya que es hombre flacucho, peinado al cepillo, brazos cortos y, siempre que se ríe, al tercer o cuarto niño llégate por una anca la Molina, deja ver ese diente guardado con tanto esmero para comer y, eso cuando come
la hija de la gran puta aunque zu madre era zanta
le dice siempre, a su hermana, cuando el Jacinto abre las aletas de su nariz cotorrona y, en dos tientos, se percata de que la Bola, su mujer, se ha llevado lo poco que había y, esto es un día, y el otro
a ve zi mañana tiene coño y coge algo maldita zean…
y, es que, hasta que al Jacinto no se le pasa y se pone de nuevo a arreglar cacharros en el corral, su hermana, paga
zi es que no te enteras, ostias y, tú, Manolo, zaca la moto a la calle o te juro por la madre que te parió que tú y tu tía mañana os veis en la calle, el día que la pesque aquí…
la Roble, tan acostumbrada está a la cantinela que , se queda así, al lado de la moto, arrimadita a la puerta de la calle, más por costumbre que por miedo, con su sonrisa bobalicona, algo como iluminada, mirando el relorcito colocado encima del televisor que le regaló la Charito y que le gusta tanto
do te do te do te
repite la Roble en su cabeza
pero, como ya se escucha el jaleo de sirenas, la Roble que, las distingue, sale con su paso bamboleante a la plazoleta
Roble, ¿la primera que suena cual es?
y, la Roble
ae, la de Colegio Público Miguel Hernández
y, a cada pregunta, la Roble acierta y, por cada acierto, una goma, una tiza, una hoja
Roble, ¿qué edad tienes?
y, la Roble
ae
y nada más, muda, con su sonrisa bobalicona, algo así como iluminada, mirando a los jóvenes con la cabecita apoyada en su hombro derecho, guardándose la goma, la tiza, la hoja, en el bolsillo de su bata
Roble, ¿y el novio, cuando saldrás con él y nos lo presentas?
y, la Roble, se sienta allí mismo, en la arena, dibujando con el lápiz a trazo decidido, porque la arena de la plazoleta se deja hacer, y nada más
Elena, la del 6, no se habla con la Bola, la del 5, fue algo de que tú has dicho y, la otra, to mentira, so mentirosa, mentirosa yo mentirosa tus muertos y, la gente, agolpándose para ver a la Elena, muleta en mano, buscando la cabeza de la Bola y, la Elena, la encasquetó por la cola y, el Jacinto, con unos alambres en la mano, por Dios Elena que la va usté a matá, pero no soltaba los alambres y, cada vez más gente en la plazoleta y, a eso, que el Iván, el de el Escobar, le dice, al Meco, el del 9, que aligérate y llama a los civiles y, éste, apoyado en la furgoneta, de allí no se movía, que no me gagasto un duro por esa guguarra y, es que, por lo visto, la bola y el meco, anduvieron de juicio, allá por el verano de la expo y, es que, la Bola escupió en la puerta, en la suya, la del Meco, como si la muy guguarra no tuviera, la muy pupuerca y, el Meco, que llegaba de darle una vuelta a los galgos, la vio desde lejos y, la Bola,
Señor juez, cómo que me ha podio ve sino ve na que te echaron patrá de la mili por atontao
y, el Meco
aatontao tu sosososo (el meco, con los nervios, se atranca más) so guarra, que mimira la barriga inflá que que tienes de la ininfección que ti ti ti tienes en el cocoño, so so hijalagranputa, aunque tu tu madre era zanzanta
y, a eso, que llegaron los civiles y, el Meco, apoyado en la furgoneta, la plazoleta embotada de gente, la Elena, con un manojo de pelos en la mano y, la Bola, gritando si tenía que gritá
mire usted, señor guardia, con alevosía, con alevosía
y, el guardia
está bien, Encarna, está bien, tranquila, ahora hablaremos con Elena, entre usted en su casa y le dice a su hijo, cuando llegue del taller, que queremos hablar con él
Carmen, la Ratona, la del 7, pasa las tardes de mesa camilla con Elena, llora que te llora, porque Carmen, si algo tiene dentro, son lágrimas, que no cesan, que toda la plazoleta reza los días de vendimia para que el cielo llore tanto como la Carmen, la Ratona y, la Carmen, cada tarde, cada mañana, mira al cielo y suplica que acabe su llanto
que mire usted lena, que este Antonio mío se me… y to por la tía esa … ¡ay padre mío Jesús! que me lo tiene del revés…
y, la Elena,
si es que te lo dije yo, coño, que a tu Antonio hay que atarlo corto, que tu Antonio pone un pie antes que el otro y sin sabé donde dejó el de atrás, coño, que las mujeres se abren hoy día en cuanto ven unos pantalones distintos del que vieron anteayer, que yo, a mi Rafae…
y, la Carmen
ya lo sé lena, ya lo sé, el padre se lo decía ¡ay padre mío Jesús! que Antonio esto, que Antonio lo otro, su hermana, que usted sabe que mi Charito…
y, la Elena
escúchame coño, que yo a mi Rafae… ¿tu sabes lo que me decía mi Rafae de mozita? pues yo te lo voy a decí , mi Rafae de mozita me decía que yo picoteo porque los hombres pa eso tenemos el pico, pa picoteá, pero delante del altar, con mi Elena, que e limpia
y, la Carmen, la Ratona, la del 7, con el rosario, en la derecha, el pañuelo, en la izquierda, mirando con su ojo derecho los golpes de porque yo me casé muy limpia que Elena se da en el pecho y, con el izquierdo, el retrato de Rafae, de poco antes de licenciarse y aquellos hoyuelos uno a cada lado de la boca y, en estas, la Roble, levanta la mirada del tapete, para mirar a la Carmen, la Ratona, la madre de la Charito, su amiga, y le sonríe, le sonríe a la Carmen, con esa sonrisa suya bobalicona, como iluminada, inclinando su cabecita en su hombro derecho, para ponerse después con su goma, su tiza, su hoja
y es que , la Charito, siempre andaba de pequeña con la Roble
ae, Carmen ¿está Chaito?
y la Carmen, desde la cocina
no Roble, está en el colegio, ¡ay…
y la Charito llegaba, comía, y se lanzaba a jugar a la calle y, siempre que veía a los del instituto hablando con la Roble
tú, Enrique, me cago en la madre que te parió, deja a la Roble Roble toma, que te he traído deberes que me ha mandao don Rogelio para mañana
Y, así, una tarde y otra y, de vez en cuando, se unía la Fali, la de la Bola, a estas clases tan particulares, con la arena como pizarra, el sol, como cronómetro y, la Roble, como alumna que no pierde detalle en primera fila
La Charito es delgada, alta, su rostro desprende adjetivos de una novela de Dumas padre, pero para que la conozcas bien te tengo que decir que la Charito se llama Consuelo, y eso es la imagen de esta muchacha a la vista, un consuelo entre tanto bosque, y nadie quiere ver el bosque ante tal figura
ae, princesa
yo tampoco sé donde escuchó la Roble tal palabra, pero, lo cierto es que, la Roble, siempre que la Charito le acariciaba el rostro, sosteniéndoselo con ambas manos, enderezando su cuello, para después colocarle en la mano una goma, una tiza, una hoja, dejaba relucir su tierna sonrisa, bobalicona, algo así como iluminada
anda vamos, nos llegamos por la Fali y terminamos los deberes, que después el mamoncete del enano me deja sin recreo
la Charito era aplicada, aunque, poco a poco, se estaba dejando ir y, por mucho que los profesores, tanto el de gimnasia, como Ana, la de religión, como don Rogelio, le mandaban cartas a la Carmen, la Ratona, la cabra, como todos saben, tira al monte, por muy avispada que sea y por muchas visitas que Ana hiciera al 7
— Buenas tardes doña Carmen.
— Pase, pase usted, —grita Carmen desde la cocina— qué la trae por aquí ¡ay padre mío Jesús bendito! —saliendo de la cocina limpiándose las manos en el delantal— ya lo sé, mi Antoñito, pero por Dios bendito, si yo lo dejé en la misma puerta del colegio.
— No doña Carmen, no vengo para hablar con usted de Antonio, sino de Consuelo.
— Mi Charito está en la calle, en casa de la Bola, si usted quiere…
— No, prefiero hablar mejor con usted a solas.
y Ana le expone a la Carmen, la Ratona, las preocupaciones de Alberto, de don Rogelio, y las suyas, que Consuelo anda cada día más despistada, que ayer en el recreo por poco no ocurre una desgracia en las escaleras, que hace meses que no participa en clase, que su vocabulario no es de lo más correcto y, que las cartas que se han mandado para poner al corriente a usted, su madre, no ha recibido respuesta
— Ay hija mía, yo de cartas qué le voy a decí, si no sé lee ni escribí, mi marío se encarga en casa de los papeles —le dice, mientras le ofrece un vaso de agua.
— Pero usted y su marido se habrán percatado de que su hija cada día va adquiriendo costumbres que no son las más correctas.
— Yo, no sé, mi marío anda todo el día allá, pero siéntese por Dios señorita, siéntese —Ana se sienta, no muy segura, pero se sienta— porque eso, que el apoderao llega nada más terminá de comé y ya no viene hasta lo menos las ocho y, la niña, todo el santo día en la plazoleta, y mira que se lo tengo dicho, pero ella como el que oye llové. Yo, bien lo sabe el que está arriba —cogiendo una estampita de Nuestra Señora de Fátima— a ella se lo pido todas las mañanas…
— Escúcheme Carmen —sujetando el vaso con las dos manos— ¿Han pensado ustedes que Consuelo estudie el Bachillerato en Sevilla? Me ha comentado en clase que le hace ilusión, y que su tía tiene dos hijas de su misma edad.
— Ay, hija mía —levantándose para ir a apagar el fuego de la hornilla—, mi Antonio a eso siempre dice lo que decía su cuñao, el extremeño, que los mandas al instituto y, después, no te sirven ni pa ricos, ni pa pobres.
y, Ana, dejó el vaso en la mesa, el Antoñito entró y se quedó petrificado al ver a la de religión en su casa y, tras él, los primeros ecos de una polvareda, una polvareda que crecía por momentos y, con ella, la agrietada voz del Jacinto gritando por Dios Elena que la va usté a matá, que la va usté a matá
Álvaro Jiménez Angulo
Diciembre 2009
domingo, 6 de diciembre de 2009
LA SEÑORA por Joaquín Abad
¿Cómo iba a tirarse a su profesora de spinning? ¿Dejaría de una maldita vez de fumar? Pero, sobre todo, lo más importante, ¿cuándo iba a contarle lo otro a Cabrera?
Julio llevaba tres semanas con dolor de garganta, así que no pudo evitar sentir un pinchazo impertinente al sacar un cigarrillo de su paquete Bester. Los paquetes de Bester tenían ahora con un diseño nuevo: la cajetilla era como un pequeño trozo de muro completamente decorado con grafitti. Era el tabaco que fumarían los negros raperos del Bronx, no cabía duda.
Había quedado con Lucía a las cinco y media en el Horno Santa Rita para discutir si esa noche irían al teatro. «Horno es un nombre estúpido para una cafetería, incluso si cuecen el pan allí mismo», pensó Julio. La ciudad empezaba a oscurecer, pero el impresionante mural de luces de El Corte Británico, rompía la oscuridad, como una pista de aterrizaje para ángeles navideños.
Lucía, se retrasaba. «Tienes que relajarte, Julio, la gente espera al menos cinco minutos, por cortesía», le había dicho Lucía en un centenar de ocasiones.
—Cinco minutos son toda una vida, Luci. —La camarera sirvió la leche humeante sobre el café de la taza sucia de Lucía.
—No hay problema, se lo cambio en seguida.
—Da igual, déjelo así.
—Pero si no es molestia, se lo cambio…
—No, no, de verdad, si ya me he hecho a la idea.
—No. No. Se la cambio…
—¡Que no! ¡Que está bien así! ¡Me voy a tomar el café caliente, por favor! Por favor…
—¿Cómo va lo tuyo con James? —Si alguien no intervenía, Lucía o la camarera (tal vez ambas) podrían salir heridas. La camarera se giró en una dramática muestra de desprecio.
—Pues no va, simplemente —respondió Lucía—. No tengo ganas de hablar de eso. ¿Qué tal tú?
—Pues ahí voy, a ver cómo me consigo a mi profesora de spinning. Sin progresos visibles. Pero, ¿qué te pasa a ti con James, no me lo quieres contar?
Lucía refunfuñó como un búfalo recién despertado de la siesta. Era una chica complicada. Tenía cambios de humor repentinos, y terquedades que la llevaban a Julio a vivir situaciones complicadas —como la que acaba de tener con la camarera— que conseguían ponerlo nervioso. —A veces Julio se irritaba con facilidad—. En su adolescencia había sufrido un leve trastorno bipolar porque le faltaba algún tipo de metal en su cuerpo. «Litio, ¿no?», había preguntado Julio a Teresa, una amiga común que había sido compañera en el instituto de Lucía. «Creo. Pero no te puedes imaginar la que montaba en clase». Pero sí que podía imaginárselo con detalle. Sin embargo, se sentía a gusto con ella. Lucía vivía al día, cambiaba de trabajo casi tan rápido como de amante o sombra de ojos. Ahora había conseguido un puesto de dependienta en una tienda de tés. Por las tardes.
—Hablando de la tienda, el otro día entró tu amigo… ¿José Luis?
—José Enrique, José Enrique Cabrera —corrigió Julio, sintiendo la inquietante necesidad de salmodiar el nombre completo de su amigo: Profesor Doctor José Enrique Cabrera.
—Me puso de los nervios. Entró con una amiga suya, que debía de ser argentina, y él no paraba de hablar a pleno pulmón, con esa voz de ratilla que tiene, sobre su libro, que por lo visto está a punto de publicar. Tiene un ego que no te puedes imaginar. —Lucía olvidaba que Julio y Cabrera eran amigos desde hace años—. Por lo visto había querido incluir la tienda en la que trabajo en su libro, como un pequeño homenaje. Creo que su libro habla sobre el té o algo por el estilo. La editorial no le dejaba.
—Sí, al primero le puso el florido título de Sabor a cacao, algo, que, por supuesto, era exigencia de la editorial, no voluntad suya. Como se vendió bastante bien creo que en el segundo podrá algo de té —explicó Julio.
—En realidad es buen detalle el de incluir el nombre de la tienda en el libro. —Cambio repentino de humor—. Debe de ser una persona generosa, en el fondo.
—No puedes imaginarte cuánto. Me ha salvado el culo muchas veces. Es como un padre para mí. —Julio se llevó la mano al bolsillo de su chaqueta. Pasó ásperamente la yema de su pulgar por la cajetilla de Bester. Habían simulado también el tacto rugoso de aquellos muros neoyorkinos, en un estratégico intento para que la adolescencia se iniciara antes en el tabaco. Sintió que el dolor de garganta bajaba punzante hacia algún lugar indeterminado de su pecho.
La nube de humo de tabaco, aroma de café y vaho, se desbarató casi por completo al abrirse las puertas de madera barnizada de la cafetería. Unas botas de cuero repicaron sobre la solería ajedrezada. Lucía clavó sus ojos sin pudor en la rubia imponente que había entrado. Pensamientos imprecisos surcaron su mente.
—¿Te gusta, eh?
—¿Por qué? ¿La conoces? —Lucía miró intrigada a Julio.
—Es mi profesora de spinning.
—Para mí, la poesía es, Bécquer —sentenció ingenuamente Eva. Lucía no pudo evitar escupir una sonrisa burlona.
Eva, rubia teñida, profesora de spinnig de lunes a jueves de 20:45 a 21:30 y objeto de diversas fantasías y perversiones sexuales, se había quedado a tomar café con ellos.
Al comienzo de una clase de spinning, mientras preparaba las bicis, un par de adolescentes entraron y Eva les preguntó que qué tal le habían ido los exámenes —Eva se esforzaba por conocer a todos y cada uno de los alumnos de su clase, por aprehender algunos detalles y crear lazos—. El examen había sido de Filosofía, la pregunta, previsiblemente, sobre el mito de la Caverna. «Es super importante. Si os sabéis el mito de la Caverna os sabéis Platón, y Platón es la base de la filosofía occidental». «Una intelectual no, por favor, que no sea una intelectual, está demasiado buena para ser una intelectual», pensaba Julio. Quizá todavía había esperanzas.
—De Bécquer me gusta, sobre todo, ese poema… Ese que dice: Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla. Es imposible no sentirse identificado… —Se paró bruscamente, como si hubiera dicho algo inapropiado—. ¿Sois sevillanos, verdad?
Lucía y Julio inspiraron al unísono. Profundamente. Contuvieron el suspiro.
—Sí, ese es de mis favoritos. —«Hijo… de… puta…».
—¿En serio? —Eva abrió desmesuradamente su sonrisa. Julio apreció algunos dientes descolados—. Yo, en el fondo soy una romántica…
—Se te nota, se te nota… —interrumpió sutilmente Lucía. Leche caliente en el café. Muy caliente. Hirviendo.
—¿Soy clásico o romántico? —continuó Julio—. Yo, como Bécquer, también soy, en el fondo un romántico.
—¡Ay, te lo sabes! ¡Te lo sabes! ¡Es ideal!... ¡Otro! ¡Recítame otro de Bécquer!
—¿De Bécquer, eh? Déjame pensar…
Lucía se revolvía inquieta en su silla. Su humor estaba por cambiar de un momento a otro. A Julio le divertía todo aquello.
Repentinamente, Eva agarró con sus dos manos las de Julio, en un gesto conmovedor. De entre sus guantes cortados asomaban unos dedos delicados, con un barniz de uñas rosa pálido y motas de purpurina, como le que usaría una niña para maquillar a su muñeca un día de fiesta a la que asisten otras muñecas de la mano de sus niñas.
—Me gustas cuando callas porque estás como ausente, —«Hijo…».
—y me oyes desde lejos, y mi voz no te toca.. —«… de…».
—Parece que los ojos se te hubieran volado —«… puta».
—y para que un beso te cerrara la boca. —Se interrumpió cuando Lucía le clavó las uñas negras en su muslo, a conciencia, por debajo de la mesa.
—Sí… ¡Me lo sé! ¡Me lo sé! Es precioso…, pero… —Eva dudó un momento, como si fuera a decir algo que pudiera comprometer a Julio—. ¿Es de Bécquer?
—De Bécquer o de Machado, para lo que va a servir… —Lucía miraba el reloj nerviosa.
Eva sacó un paquetillo de Oscar de su bolso.
—¿Fumáis?
—Por supuesto —dijo Julio.
—Yo no —aclaró Lucía.
—Oye, Julio, tenemos que quedar un día después de clase, para tomar una cerveza. —¿Había dicho algo que la comprometía?—. Bueno, nosotros no, toda la gente de la clase de spinning, me refiero. Vamos, que no me importaría tomar algo contigo a solas, pero…
—… más gente es mejor, claro —zanjó diplomáticamente Julio.
Cuando Eva se marchó, Julio se volvió hacia Lucía:
—Bueno, ¿qué?, ¿vamos al teatro?
—¿No hemos tenido ya bastante teatro por hoy?
—Yo también he hecho alguna vez, alguna cosa de la que no me siento especialmente orgulloso. —«Especialmente debería ir en cursiva», pensaba Julio—. Le debo mucho dinero a un amigo, y…
—No te preocupes, seguro que no es tan grave… —Hubo una pausa artística, casi tensa. Eva empezó a ponerse el sujetador, con un pudor inexplicable.— Yo no tengo mucho dinero, pero…
—No. ¡No! Además, no tienes ni idea de en qué me lo he gastado… Si se lo cuento me mata.
Eva había encendido la pequeña lámpara en forma de corazón de su mesilla de noche —vertía sobre la habitación una inocente luz encarnada— para poder encontrar el resto de su ropa. Se paseaba tranquila, como un gran danés, por su habitación, recogiendo cada prenda desparramada por el suelo. Terminó de vestirse en silencio. Julio le dio la espalda desde la cama.
—Seguro que es por una buena razón, tu amigo lo comprenderá.
Aquello no podía ser cierto. ¿Qué estaba tramando aquella rubia? Julio debía guardarse las espaldas.
—Julio, hay algo que no te he contado.
—¿Sí?
—Estoy casada…
Desde la cama, volvió a darse la vuelta hacia ella. Alguien, tal vez, debería terminar aquella frase. La luz empezaba a irritar los ojos de Julio. Algo estaba empezando a ir estúpidamente mal. Apagó la lámpara. Eva volvió a encenderla para mirarlo a la cara.
—Respecto a lo de tu amigo… Sea lo que sea, puedes contar conmigo. —Sonrió.
—¿Y sabes qué serie me tiene completamente, completamente enganchada?
La respuesta prometía.
—La señora.
—¿La señora? —No había ni un solo episodio de aquella telenovela, pero Julio no podía imaginarse un culebrón peor. Español, además.
A aquella cerveza de después la clase de spinning habían acudido, además de Julio y Eva: Miguel Ángel —que se había marchado porque al día siguiente tenía clase en la Facultad— y Mercedes —que se había marchado para que Julio y Eva pudiera acostarse juntos—.
—Es una serie en que el que todo el mundo sufre, pero al final todo el mundo encuentra sentido a su sufrimiento. El amor triunfa. En cierto modo.
»La vida debería ser como La señora. Quiero decir, que el sufrimiento debería tener algún sentido. Bueno, no sé si me sigues… Perdona, ya me estoy poniendo un poco tonta.
—No, no… Sigue, por favor. —«Se está poniendo tierna, ya es mía, ya es mía»—. Seguro que es una serie maravillosa. Tengo un amigo que me la ha recomendado especialmente. Me ha dicho que es una serie que está perfectamente construida, desde un punto de vista narrativo… —Se dio cuenta de que por ahí no iba a conseguir gran cosa, así que cambió de tercio rápidamente:
—Tú si que estás hecha una Señora —dijo mientras la enganchaba socarronamente de la cintura.
Otra noche le contó lo de su tío.
Eva estaba encima y lo agarraba del cuello, mientras le clavaba las caderas para sentirla lo más dentro posible. Al principio con suavidad, casi con ternura, luego con más fuerza, violentamente, atenazando con los pulgares su nuez para estrangularlo. Mientras más le costaba respirar, más fuerte aferraba Julio las sábanas en sus puños, hasta clavarse las uñas en las palmas de las manos, hasta querer sangre.
De repente ella lo soltaba, como si solo en ese momento fuera consciente de que estaba haciendo, contra su voluntad, algo terrible, y tenía que concentrarse al máximo y poner toda su voluntad para detener algún demonio atávico que la poseyera.
—Está bien, no te preocupes, no me haces daño… Si quiero parar, podré contigo —decía él irónicamente, pero sospecha que quizá no fuera cierto, que ella era la profesora que estaba más en forma que él.
—No, no…
Se detenía. Se tumbaba en la cama como una ninfa ebria. Le tocaba a Julio penetrarla.
Gritaba. Gritaba muy fuerte mientras la penetraba. De placer. De placer o de dolor. De dolor. Y mientras más fuerte gritaba más fuerte la penetraba Julio, queriendo acompasarse con ese dolor, buscar el acorde absoluto. Hasta que llegaba a asustarse. Pensaba en lo que dirían los vecinos, eran la excusa perfecta.
—No puedo, no puedo… —lloraba amargamente ella.
Julio no sabía bien qué hacer. Paraban algún tiempo en el que miraban al techo sin ninguna intención en particular.
—¿Me cuentas qué te pasa? —casi ordenó Julio.
—Es por mi tío.
—Por tu tío…
—Me violó.
—No… Pero… ¿Por qué no me lo dijiste antes?
—No lo sé Julio. No quiera agobiarte.
«No me agobias», pensó Julio.
—Bueno, cuéntame, ¿qué paso, fue hace mucho?
—Prefiero no hablar de ello.
Julio reanudó el ritmo. Ella, los gritos.
—¿Cuánto tiempo?
—No, no, no quiero…
—¿Cuánto tiempo?
—No…
—¿CUÁNTO TIEMPO?
«Estoy dándole sentido a su sufrimiento, solo eso», se justificaba Julio.
—¡Años!... Varios años…
—¿Varios años? ¿Cómo pudiste aguantarlo?
—No lo sé, no lo sé… Yo…
—Lo denunciarías. —Aquello no era una pregunta, era una orden.
—Mi familia no quería, hubiera sido un escándalo…
—¿No lo denunciaste? —con ira.
—¡Sí!, sí lo denuncié, ahora está en la cárcel.
—Ya, y me dirás que vas a visitarlo…
—Julio, no tiene otra persona…
Aquello era demasiado. ¿Por qué estaba tan irritado? ¿Por qué estaba enfadado con ella? Él no tenía derecho a estar enfado con ella —si acaso ella con él…—. ¿No tenía derecho a estar enfadado con ella?
Salió de ella y la dejó en la cama.
—¿Pedimos algo de cenar? —preguntó.
—¿Pizza? —preguntó ella.
Julio se acercó al teléfono. El bolso de Eva estaba allí mismo, sobre la encimera. Metió la mano en el bolso. Sacó el paquete de Oscar. Encendió un cigarrillo. Se llevó la mano mecánicamente a la garganta.
Pasaron los días, con sus noches.
Los lunes, martes y jueves, después de las clases, iban a tomar siempre la misma cerveza al mismo lugar, siempre solos. Luego, al apartamento de Eva. Los fines de semana al cine. Ella pedía palomitas con miel, con caramelo, Coca-cola Zero, cosas así. Él casi nunca compraba tabaco y metía la mano en el paquetillo de Oscar, con impertinente naturalidad. «¿Por qué fumas esa mierda que no sabe a nada», le decía, «Pásate al Bester. En esta maldita ciudad todo el mundo fuma Bester». Sonaba como un agente publicitario que acaba de perder su trabajo.
«Creo que me gusta como huele tu sudor. No es demasiado fuerte… ni desagradable», le decía ella mientras conducía hasta su apartamento. Julio se duchaba allí. Había dejado unos vaqueros y un par de sudaderas para tener, al menos, algo limpio. El dentífrico lo puso en la estantería de los esmaltes de uñas —rosas, pero también azules eléctricos, rojos pasión, púrpuras señoriales—, sin temor a que un día pudiera confundirse de bote.
Seguía, también, la sensación de que algo iba irremisiblemente mal.
Despertó con el rostro de Eva que lo miraba embelesado, como otra Eva mirando otro rostro, después de pasar la primera noche en el paraíso.
—Te quiero…
Julio estiró los brazos. Su mano se aferró al hueco tibio de la almohada sobre el que había anidado la cabeza de Eva. Estaba, inquietantemente, húmedo.
—Tengo que irme. Nos vemos la semana que viene en tu clase.
—Sí, yo también. —Julio podía sentir como Eva esforzaba la indeferencia en esa frase—. Los viernes son días de visita conyugal.
No pudo terminar de entender aquello. No quiso terminar de entender aquello. Se imaginó un cuarto estrecho pero sorprendentemente limpio, una sola cama en la que apenas cabrían los dos, un guardia que cerraba la puerta y clavaba con envidia sus ojos en aquel pobre tipo, que no tenía libertad, pero que tenía mucho más que él.
Sintió otra vez ese terco dolor indeterminado. Esta vez quizá fuera un vértigo. Aún desnudo, pero sintiendo ya sus vergüenzas, buscó desesperadamente en el bolsillo de su chaqueta. Adán y Eva no tuvieron tantos problemas en el paraíso. «Para empezar, no tenían padres. Así que tampoco podían tener tíos», pensó Julio. El bolsillo de la chaqueta estaba vacío. «Va-ci-o».
—¿Te queda tabaco?
—Claro.
Encendió el cigarro ella misma, le dio una calada concienzuda. Tragó el humo y lo introdujo en la boca de Julio mientras lo besaba. ¿Era eso ternura? Julio arrancó el cigarrillo de entre sus dedos y no pudo evitar fijarse en el esmalte rosa de sus uñas.
Salió a la calle. Sacó su móvil. Buscó la c en su agenda.
—Cabrera, tengo que contarte algo importante… —Estrelló la colilla con rencor contra el suelo y aplastó la pavesa con su bota, como un nazi aplastaría la cabeza de un judío con la suya contra la acera.
—Julio… ¿podrías dejar de llamarme por mi apellido, por favor?
Sevilla, 6 de diciembre de 2009
Julio llevaba tres semanas con dolor de garganta, así que no pudo evitar sentir un pinchazo impertinente al sacar un cigarrillo de su paquete Bester. Los paquetes de Bester tenían ahora con un diseño nuevo: la cajetilla era como un pequeño trozo de muro completamente decorado con grafitti. Era el tabaco que fumarían los negros raperos del Bronx, no cabía duda.
Había quedado con Lucía a las cinco y media en el Horno Santa Rita para discutir si esa noche irían al teatro. «Horno es un nombre estúpido para una cafetería, incluso si cuecen el pan allí mismo», pensó Julio. La ciudad empezaba a oscurecer, pero el impresionante mural de luces de El Corte Británico, rompía la oscuridad, como una pista de aterrizaje para ángeles navideños.
Lucía, se retrasaba. «Tienes que relajarte, Julio, la gente espera al menos cinco minutos, por cortesía», le había dicho Lucía en un centenar de ocasiones.
—Cinco minutos son toda una vida, Luci. —La camarera sirvió la leche humeante sobre el café de la taza sucia de Lucía.
—No hay problema, se lo cambio en seguida.
—Da igual, déjelo así.
—Pero si no es molestia, se lo cambio…
—No, no, de verdad, si ya me he hecho a la idea.
—No. No. Se la cambio…
—¡Que no! ¡Que está bien así! ¡Me voy a tomar el café caliente, por favor! Por favor…
—¿Cómo va lo tuyo con James? —Si alguien no intervenía, Lucía o la camarera (tal vez ambas) podrían salir heridas. La camarera se giró en una dramática muestra de desprecio.
—Pues no va, simplemente —respondió Lucía—. No tengo ganas de hablar de eso. ¿Qué tal tú?
—Pues ahí voy, a ver cómo me consigo a mi profesora de spinning. Sin progresos visibles. Pero, ¿qué te pasa a ti con James, no me lo quieres contar?
Lucía refunfuñó como un búfalo recién despertado de la siesta. Era una chica complicada. Tenía cambios de humor repentinos, y terquedades que la llevaban a Julio a vivir situaciones complicadas —como la que acaba de tener con la camarera— que conseguían ponerlo nervioso. —A veces Julio se irritaba con facilidad—. En su adolescencia había sufrido un leve trastorno bipolar porque le faltaba algún tipo de metal en su cuerpo. «Litio, ¿no?», había preguntado Julio a Teresa, una amiga común que había sido compañera en el instituto de Lucía. «Creo. Pero no te puedes imaginar la que montaba en clase». Pero sí que podía imaginárselo con detalle. Sin embargo, se sentía a gusto con ella. Lucía vivía al día, cambiaba de trabajo casi tan rápido como de amante o sombra de ojos. Ahora había conseguido un puesto de dependienta en una tienda de tés. Por las tardes.
—Hablando de la tienda, el otro día entró tu amigo… ¿José Luis?
—José Enrique, José Enrique Cabrera —corrigió Julio, sintiendo la inquietante necesidad de salmodiar el nombre completo de su amigo: Profesor Doctor José Enrique Cabrera.
—Me puso de los nervios. Entró con una amiga suya, que debía de ser argentina, y él no paraba de hablar a pleno pulmón, con esa voz de ratilla que tiene, sobre su libro, que por lo visto está a punto de publicar. Tiene un ego que no te puedes imaginar. —Lucía olvidaba que Julio y Cabrera eran amigos desde hace años—. Por lo visto había querido incluir la tienda en la que trabajo en su libro, como un pequeño homenaje. Creo que su libro habla sobre el té o algo por el estilo. La editorial no le dejaba.
—Sí, al primero le puso el florido título de Sabor a cacao, algo, que, por supuesto, era exigencia de la editorial, no voluntad suya. Como se vendió bastante bien creo que en el segundo podrá algo de té —explicó Julio.
—En realidad es buen detalle el de incluir el nombre de la tienda en el libro. —Cambio repentino de humor—. Debe de ser una persona generosa, en el fondo.
—No puedes imaginarte cuánto. Me ha salvado el culo muchas veces. Es como un padre para mí. —Julio se llevó la mano al bolsillo de su chaqueta. Pasó ásperamente la yema de su pulgar por la cajetilla de Bester. Habían simulado también el tacto rugoso de aquellos muros neoyorkinos, en un estratégico intento para que la adolescencia se iniciara antes en el tabaco. Sintió que el dolor de garganta bajaba punzante hacia algún lugar indeterminado de su pecho.
La nube de humo de tabaco, aroma de café y vaho, se desbarató casi por completo al abrirse las puertas de madera barnizada de la cafetería. Unas botas de cuero repicaron sobre la solería ajedrezada. Lucía clavó sus ojos sin pudor en la rubia imponente que había entrado. Pensamientos imprecisos surcaron su mente.
—¿Te gusta, eh?
—¿Por qué? ¿La conoces? —Lucía miró intrigada a Julio.
—Es mi profesora de spinning.
—Para mí, la poesía es, Bécquer —sentenció ingenuamente Eva. Lucía no pudo evitar escupir una sonrisa burlona.
Eva, rubia teñida, profesora de spinnig de lunes a jueves de 20:45 a 21:30 y objeto de diversas fantasías y perversiones sexuales, se había quedado a tomar café con ellos.
Al comienzo de una clase de spinning, mientras preparaba las bicis, un par de adolescentes entraron y Eva les preguntó que qué tal le habían ido los exámenes —Eva se esforzaba por conocer a todos y cada uno de los alumnos de su clase, por aprehender algunos detalles y crear lazos—. El examen había sido de Filosofía, la pregunta, previsiblemente, sobre el mito de la Caverna. «Es super importante. Si os sabéis el mito de la Caverna os sabéis Platón, y Platón es la base de la filosofía occidental». «Una intelectual no, por favor, que no sea una intelectual, está demasiado buena para ser una intelectual», pensaba Julio. Quizá todavía había esperanzas.
—De Bécquer me gusta, sobre todo, ese poema… Ese que dice: Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla. Es imposible no sentirse identificado… —Se paró bruscamente, como si hubiera dicho algo inapropiado—. ¿Sois sevillanos, verdad?
Lucía y Julio inspiraron al unísono. Profundamente. Contuvieron el suspiro.
—Sí, ese es de mis favoritos. —«Hijo… de… puta…».
—¿En serio? —Eva abrió desmesuradamente su sonrisa. Julio apreció algunos dientes descolados—. Yo, en el fondo soy una romántica…
—Se te nota, se te nota… —interrumpió sutilmente Lucía. Leche caliente en el café. Muy caliente. Hirviendo.
—¿Soy clásico o romántico? —continuó Julio—. Yo, como Bécquer, también soy, en el fondo un romántico.
—¡Ay, te lo sabes! ¡Te lo sabes! ¡Es ideal!... ¡Otro! ¡Recítame otro de Bécquer!
—¿De Bécquer, eh? Déjame pensar…
Lucía se revolvía inquieta en su silla. Su humor estaba por cambiar de un momento a otro. A Julio le divertía todo aquello.
Repentinamente, Eva agarró con sus dos manos las de Julio, en un gesto conmovedor. De entre sus guantes cortados asomaban unos dedos delicados, con un barniz de uñas rosa pálido y motas de purpurina, como le que usaría una niña para maquillar a su muñeca un día de fiesta a la que asisten otras muñecas de la mano de sus niñas.
—Me gustas cuando callas porque estás como ausente, —«Hijo…».
—y me oyes desde lejos, y mi voz no te toca.. —«… de…».
—Parece que los ojos se te hubieran volado —«… puta».
—y para que un beso te cerrara la boca. —Se interrumpió cuando Lucía le clavó las uñas negras en su muslo, a conciencia, por debajo de la mesa.
—Sí… ¡Me lo sé! ¡Me lo sé! Es precioso…, pero… —Eva dudó un momento, como si fuera a decir algo que pudiera comprometer a Julio—. ¿Es de Bécquer?
—De Bécquer o de Machado, para lo que va a servir… —Lucía miraba el reloj nerviosa.
Eva sacó un paquetillo de Oscar de su bolso.
—¿Fumáis?
—Por supuesto —dijo Julio.
—Yo no —aclaró Lucía.
—Oye, Julio, tenemos que quedar un día después de clase, para tomar una cerveza. —¿Había dicho algo que la comprometía?—. Bueno, nosotros no, toda la gente de la clase de spinning, me refiero. Vamos, que no me importaría tomar algo contigo a solas, pero…
—… más gente es mejor, claro —zanjó diplomáticamente Julio.
Cuando Eva se marchó, Julio se volvió hacia Lucía:
—Bueno, ¿qué?, ¿vamos al teatro?
—¿No hemos tenido ya bastante teatro por hoy?
—Yo también he hecho alguna vez, alguna cosa de la que no me siento especialmente orgulloso. —«Especialmente debería ir en cursiva», pensaba Julio—. Le debo mucho dinero a un amigo, y…
—No te preocupes, seguro que no es tan grave… —Hubo una pausa artística, casi tensa. Eva empezó a ponerse el sujetador, con un pudor inexplicable.— Yo no tengo mucho dinero, pero…
—No. ¡No! Además, no tienes ni idea de en qué me lo he gastado… Si se lo cuento me mata.
Eva había encendido la pequeña lámpara en forma de corazón de su mesilla de noche —vertía sobre la habitación una inocente luz encarnada— para poder encontrar el resto de su ropa. Se paseaba tranquila, como un gran danés, por su habitación, recogiendo cada prenda desparramada por el suelo. Terminó de vestirse en silencio. Julio le dio la espalda desde la cama.
—Seguro que es por una buena razón, tu amigo lo comprenderá.
Aquello no podía ser cierto. ¿Qué estaba tramando aquella rubia? Julio debía guardarse las espaldas.
—Julio, hay algo que no te he contado.
—¿Sí?
—Estoy casada…
Desde la cama, volvió a darse la vuelta hacia ella. Alguien, tal vez, debería terminar aquella frase. La luz empezaba a irritar los ojos de Julio. Algo estaba empezando a ir estúpidamente mal. Apagó la lámpara. Eva volvió a encenderla para mirarlo a la cara.
—Respecto a lo de tu amigo… Sea lo que sea, puedes contar conmigo. —Sonrió.
—¿Y sabes qué serie me tiene completamente, completamente enganchada?
La respuesta prometía.
—La señora.
—¿La señora? —No había ni un solo episodio de aquella telenovela, pero Julio no podía imaginarse un culebrón peor. Español, además.
A aquella cerveza de después la clase de spinning habían acudido, además de Julio y Eva: Miguel Ángel —que se había marchado porque al día siguiente tenía clase en la Facultad— y Mercedes —que se había marchado para que Julio y Eva pudiera acostarse juntos—.
—Es una serie en que el que todo el mundo sufre, pero al final todo el mundo encuentra sentido a su sufrimiento. El amor triunfa. En cierto modo.
»La vida debería ser como La señora. Quiero decir, que el sufrimiento debería tener algún sentido. Bueno, no sé si me sigues… Perdona, ya me estoy poniendo un poco tonta.
—No, no… Sigue, por favor. —«Se está poniendo tierna, ya es mía, ya es mía»—. Seguro que es una serie maravillosa. Tengo un amigo que me la ha recomendado especialmente. Me ha dicho que es una serie que está perfectamente construida, desde un punto de vista narrativo… —Se dio cuenta de que por ahí no iba a conseguir gran cosa, así que cambió de tercio rápidamente:
—Tú si que estás hecha una Señora —dijo mientras la enganchaba socarronamente de la cintura.
Otra noche le contó lo de su tío.
Eva estaba encima y lo agarraba del cuello, mientras le clavaba las caderas para sentirla lo más dentro posible. Al principio con suavidad, casi con ternura, luego con más fuerza, violentamente, atenazando con los pulgares su nuez para estrangularlo. Mientras más le costaba respirar, más fuerte aferraba Julio las sábanas en sus puños, hasta clavarse las uñas en las palmas de las manos, hasta querer sangre.
De repente ella lo soltaba, como si solo en ese momento fuera consciente de que estaba haciendo, contra su voluntad, algo terrible, y tenía que concentrarse al máximo y poner toda su voluntad para detener algún demonio atávico que la poseyera.
—Está bien, no te preocupes, no me haces daño… Si quiero parar, podré contigo —decía él irónicamente, pero sospecha que quizá no fuera cierto, que ella era la profesora que estaba más en forma que él.
—No, no…
Se detenía. Se tumbaba en la cama como una ninfa ebria. Le tocaba a Julio penetrarla.
Gritaba. Gritaba muy fuerte mientras la penetraba. De placer. De placer o de dolor. De dolor. Y mientras más fuerte gritaba más fuerte la penetraba Julio, queriendo acompasarse con ese dolor, buscar el acorde absoluto. Hasta que llegaba a asustarse. Pensaba en lo que dirían los vecinos, eran la excusa perfecta.
—No puedo, no puedo… —lloraba amargamente ella.
Julio no sabía bien qué hacer. Paraban algún tiempo en el que miraban al techo sin ninguna intención en particular.
—¿Me cuentas qué te pasa? —casi ordenó Julio.
—Es por mi tío.
—Por tu tío…
—Me violó.
—No… Pero… ¿Por qué no me lo dijiste antes?
—No lo sé Julio. No quiera agobiarte.
«No me agobias», pensó Julio.
—Bueno, cuéntame, ¿qué paso, fue hace mucho?
—Prefiero no hablar de ello.
Julio reanudó el ritmo. Ella, los gritos.
—¿Cuánto tiempo?
—No, no, no quiero…
—¿Cuánto tiempo?
—No…
—¿CUÁNTO TIEMPO?
«Estoy dándole sentido a su sufrimiento, solo eso», se justificaba Julio.
—¡Años!... Varios años…
—¿Varios años? ¿Cómo pudiste aguantarlo?
—No lo sé, no lo sé… Yo…
—Lo denunciarías. —Aquello no era una pregunta, era una orden.
—Mi familia no quería, hubiera sido un escándalo…
—¿No lo denunciaste? —con ira.
—¡Sí!, sí lo denuncié, ahora está en la cárcel.
—Ya, y me dirás que vas a visitarlo…
—Julio, no tiene otra persona…
Aquello era demasiado. ¿Por qué estaba tan irritado? ¿Por qué estaba enfadado con ella? Él no tenía derecho a estar enfado con ella —si acaso ella con él…—. ¿No tenía derecho a estar enfadado con ella?
Salió de ella y la dejó en la cama.
—¿Pedimos algo de cenar? —preguntó.
—¿Pizza? —preguntó ella.
Julio se acercó al teléfono. El bolso de Eva estaba allí mismo, sobre la encimera. Metió la mano en el bolso. Sacó el paquete de Oscar. Encendió un cigarrillo. Se llevó la mano mecánicamente a la garganta.
Pasaron los días, con sus noches.
Los lunes, martes y jueves, después de las clases, iban a tomar siempre la misma cerveza al mismo lugar, siempre solos. Luego, al apartamento de Eva. Los fines de semana al cine. Ella pedía palomitas con miel, con caramelo, Coca-cola Zero, cosas así. Él casi nunca compraba tabaco y metía la mano en el paquetillo de Oscar, con impertinente naturalidad. «¿Por qué fumas esa mierda que no sabe a nada», le decía, «Pásate al Bester. En esta maldita ciudad todo el mundo fuma Bester». Sonaba como un agente publicitario que acaba de perder su trabajo.
«Creo que me gusta como huele tu sudor. No es demasiado fuerte… ni desagradable», le decía ella mientras conducía hasta su apartamento. Julio se duchaba allí. Había dejado unos vaqueros y un par de sudaderas para tener, al menos, algo limpio. El dentífrico lo puso en la estantería de los esmaltes de uñas —rosas, pero también azules eléctricos, rojos pasión, púrpuras señoriales—, sin temor a que un día pudiera confundirse de bote.
Seguía, también, la sensación de que algo iba irremisiblemente mal.
Despertó con el rostro de Eva que lo miraba embelesado, como otra Eva mirando otro rostro, después de pasar la primera noche en el paraíso.
—Te quiero…
Julio estiró los brazos. Su mano se aferró al hueco tibio de la almohada sobre el que había anidado la cabeza de Eva. Estaba, inquietantemente, húmedo.
—Tengo que irme. Nos vemos la semana que viene en tu clase.
—Sí, yo también. —Julio podía sentir como Eva esforzaba la indeferencia en esa frase—. Los viernes son días de visita conyugal.
No pudo terminar de entender aquello. No quiso terminar de entender aquello. Se imaginó un cuarto estrecho pero sorprendentemente limpio, una sola cama en la que apenas cabrían los dos, un guardia que cerraba la puerta y clavaba con envidia sus ojos en aquel pobre tipo, que no tenía libertad, pero que tenía mucho más que él.
Sintió otra vez ese terco dolor indeterminado. Esta vez quizá fuera un vértigo. Aún desnudo, pero sintiendo ya sus vergüenzas, buscó desesperadamente en el bolsillo de su chaqueta. Adán y Eva no tuvieron tantos problemas en el paraíso. «Para empezar, no tenían padres. Así que tampoco podían tener tíos», pensó Julio. El bolsillo de la chaqueta estaba vacío. «Va-ci-o».
—¿Te queda tabaco?
—Claro.
Encendió el cigarro ella misma, le dio una calada concienzuda. Tragó el humo y lo introdujo en la boca de Julio mientras lo besaba. ¿Era eso ternura? Julio arrancó el cigarrillo de entre sus dedos y no pudo evitar fijarse en el esmalte rosa de sus uñas.
Salió a la calle. Sacó su móvil. Buscó la c en su agenda.
—Cabrera, tengo que contarte algo importante… —Estrelló la colilla con rencor contra el suelo y aplastó la pavesa con su bota, como un nazi aplastaría la cabeza de un judío con la suya contra la acera.
—Julio… ¿podrías dejar de llamarme por mi apellido, por favor?
Sevilla, 6 de diciembre de 2009
sábado, 5 de diciembre de 2009
-MISTER JACKMAN por Amelia L. Ávila
Si hay algo que asuste a los hombres casi tanto como la muerte es caer en el olvido tras ésta. Eso mismo tiene aterrado a Mister Jackman. Jackman es un hombre de negocios, de importantes negocios y en estos instantes, un hombre en apuros. Así se lo parece a él y a todos los que están a punto de presenciar su ejecución. Siempre pensó que no deberían ser tan multitudinarias y ahora, lo defiende con más fuerza. Aunque, quién sabe, quizás alguno de esos mirones morbosos, en un impulso incontrolado se lance en su auxilio. Claro que esas cosas nunca pasan.
—Despídete de esta miserable vida. —El verdugo está ya listo.
—Adiós, miserable, adiós.
Jacky, como solían llamarlo cuando era pequeño, lo tenía claro. Él iba a ser un hombre importante, un hombre de ciudad, un hombre de renombre. Por eso debían dejar de llamarlo con ese estúpido diminutivo o, de lo contrario, más de uno podría acabar recordándole cuando jugara con su perro. A partir de ese momento sería Jack, o Mister Jackman. Sí, Mister Jackman será el nombre por el que le conocerán en la gran ciudad. Cuando se siente en las cortes a decidir el destino del pueblo, cuando lo presenten en las grandes asambleas e, incluso, cuando todos celebren el éxito de sus negocios con el otro continente. Sí, los hombres querrán llamarse así y los hijos soñarán con padres como Jackman. Las mujeres fantasearán con él. Todos querrán ser Jackman.
Jack va a la universidad. Casi nadie va a la universidad y, mucho menos, los muchachos de pueblo. Pero él se ha vestido su capa negra y su bombín. Se está dejando crecer el bigote que, de momento, se queda más bien en pelusilla. Cuánto daría él por tener un buen mostacho de esos que hacen parecer a uno mucho más respetable, mucho más hombre. "Seguro que en unos siglos, las mujeres solo buscarán hombres con bigote". Por supuesto, todos son hombres aunque no tan hombres como él. Cuando Jack camina hacia la universidad pasa junto a la catedral. Está maravillado. Pero le molesta pensar que esas malditas piedras seguirán en pie cuando él haya caído. No es justo, piensa, no debería ser así. Algún día su nombre estará en la plaza de alguna gran ciudad junto a un busto suyo y cuando pasen a su lado los hombres a punto de morir, desearán ser como él, un hombre inmortal, un hombre que jamás desaparecerá de la memoria del mundo. Muy pocos nombres perduran para siempre y el suyo será uno de ellos: Jackman, el gran hombre, el hombre catedral. Todos le saludarán por la calle y los niños, nerviosos, dirán a sus padres que van a pasar por delante de él.
—¿Eso es todo lo que vas a decir? —El verdugo esperaba algo más de un hombre que se presenta a su ejecución con guantes blancos, sombrero y corbata.
—Tengo algo más que decir.
—¡Venga ya! ¡No tenemos todo el día! —A la muchedumbre le gustan las ejecuciones rápidas, sin demasiadas historias, como si temieran acabar sintiendo algún tipo de lástima por el reo.
—Tienes dos minutos. —Es todo lo que el verdugo está dispuesto a esperar, también él desea acabar ya con el asunto.
—¡Miserable mundo!, ¡miserables de este mundo!... —Se da un aire atípico para alguien que está en su situación—. Aquí me tenéis. Mister Jackman, el hombre que siempre estará en vuestras memorias, el nombre que tantas veces habéis repetido. Pueden aplaudir. Pueden también llorar, puedo prestarles mi pañuelo de seda. No sean tímidos, no escondan cuánto dolor les causa mi partida...
—¡Cállate!
—Lo sé, lo sé. —Mister Jackman se afloja el nudo de la corbata—. Sé que no pueden soportarlo. Sólo unas palabras más. Lo prometo. Sólo unas pocas.
Cuando Jackman conoció a Sally se sintió un hombre afortunado. El hombre que salía con la mujer más afortunada del mundo, la mujer que había conseguido tener a Mister Jackman junto a ella. Entonces estaba convencido de que ya nunca se separarían. Jackman y Sally solían salir a pasear cuando el sol brillaba más fuerte. Jackman le prometía a Sally el mundo entero. Le prometía joyas, una casa maravillosa y una vida de ensueño. Él estaba a punto de ser elegido como miembro de las cortes. Era ya un hombre importante y ella debía sentirse tan feliz de estar junto a él. Cuando estuviera en el Senado iba a declarar festivo el día en que se conocieron. Y así habría algo más importante a celebrar en la vida de su ciudad. Sería un día tan importante para los ciudadanos como el día de... como todos esos días que celebran.
—Sally, tú sabes que nuestro amor va a durar para siempre. Que serás siempre una mujer con suerte. Que haré todo por ti, todo. Ni siquiera tendrás que pensar. Yo seré tu propio pensamiento, así no habrá nada por lo que preocuparse.
—Sí, Jack, pero yo...
—Sí, lo sé, yo también lo he pensado. No te preocupes, podrás hablar a tus amigas de mí, podrás presumir, podrás decirles lo satisfecha que vives a mi lado, lo mucho que te amo y cómo estás loca por mí.
—Jackman...
—Sí. —Nueva interrupción, Sally ya no dice nada más—. Tienes razón, somos una gran pareja, la envidia de todas las parejas —Jackman coloca su mano derecha sobre la pierna izquierda de Sally, a la altura del muslo. Le sonríe, guiña un ojo y la besa. Sally cierra los ojos y él le pide que los abra, que observe de cerca su amor.
La gente cada vez grita más alto. Todos quieren que el verdugo acabe de una vez por todas, que concluya su trabajo. Mister Jackman no cierra la boca. Por un instante cierra los ojos y da la sensación de que se va a poner a llorar. Su voz suena esta vez menos animosa, más nostálgica, más temerosa.
—Miserable mundo —con la mano en el pecho—, la voy a echar de menos. Sally, mi Sally. Y cuánto va a anhelarme ella. Una nueva viuda se incorpora a tus redes de soledades y recuerdos. Tampoco ella volverá a ser la misma, tampoco ella podrá seguir viviendo con mi ausencia. Estamos firmando aquí dos defunciones.
—Le quedan tan sólo noventa segundos. Aprovéchelos y déjese de historias. —También el verdugo comienza a inquietarse.
Silencio. Jackman parece dormido. Sonríe y toma aire.
Esas asambleas siempre transcurren con la misma desidia. Todos esos hombres enchaquetados hablando de la vida y del futuro. Hombres que se creen todo y que en realidad no son más que desdichados. Pero él no es así. Él debe elevar la cita a otra categoría. Si Jackman no estuviese entre ellos todo sería un entretenimiento. Él sabe que gracias a su presencia las palabras toman otro tono.
—Bueno, señores, ¿y cuál es el tema de hoy? —A Mister Jackman le gusta abrir el diálogo.
—La política, creo que lo que hoy nos ocupa, sin duda, es la política. —El que habla es un hombre no muy alto, víctima de una alopecia que esconde tras un descarado peluquín.
—Tiene razón, la política es un asunto importante y de nuestra competencia —asiente Jackman— ¿Creen ustedes que vivimos un gobierno de libertades?
—Sin duda. —El hombre gordo de la derecha se ha levantado secándose el sudor y dispuesto a dar sus razones—. Si el nuestro no fuera un gobierno libre, nuestros ciudadanos no estarían contentos. Pero mírenlos, echen un vistazo. Tienen todo lo que necesitan. Sus hombres importantes los miran, sonríen y asienten. Qué más libertad que ésa.
—Permítame discrepar. —Jackman sabe que es él el que debe dar las razones de peso—. Nuestros ciudadanos no son libres, no son libres porque Mister Jackman no está en el poder. El día que maneje los hilos de sus vidas, ese día sí se moverán con libertad. Serán títeres cuyo titiritero les hará campar a sus anchas. Para entonces podrán elegir qué es lo que necesitan y decidir que van a comprarlo; podrán discernir si votan a A o a B porque no será necesario escuchar a C ni a D. Cuando nuestros ciudadanos sean libres podrán admirar la grandeza de hombres grandes, como yo, hombres que dedicarán sus vidas a manejar las suyas para que puedan andar sin necesidad de preguntar a dónde. Bastará con que me sigan y con que ni siquiera sepan que me están siguiendo. Entonces viviremos un gobierno con libertad. Gritarán para defenderte por el mero hecho de ser quien eres. Lo demás da igual. ¿Hay algo más hermoso? Nombra de vez en cuando la palabra libertad, hazles sentir que estás preocupado por ellos, por sus preocupaciones… Dales su pan de cada día y no les muestres que además existe el jamón para acompañarlo. Qué libertad hay mayor que la de creerse libre.
—Bravo, bravísimo —En realidad no han entendido muy bien qué ha querido decir pero cuando Jackman ha parado para tomar aire no han podido evitar aplaudir.
Apenas queda un minuto para que el verdugo haga su trabajo y pueda irse a casa, a descansar junto a su familia, con la satisfacción de hacer lo que le mandan. Mister Jackman está invitando a la gente a lanzarle diferentes objetos. Los incita a hacerlo. Les pide que se sientan con la libertad de hacerlo. Comienza una mujer a la que siguen algunos niños con naranjas. Jackman sabe que cuando levanten su estatua en la plaza todos recordarán este momento. Todos recordarán cómo el gran Jackman entregó su vida. Cuando los ancianos paseen por la plaza podrán hablar a sus nietos del hombre de la estatua. Podrán contarles sus hazañas y los niños, jugarán a ser como el hombre valeroso que ven sobre la peana.
Todo pueblo necesita un salvador y Mister Jackman sabía que él había nacido para ser el salvador del suyo. Aquella tarde de invierno había oído la historia de Moisés. Moisés salvó a su pueblo, lo liberó de sus esclavitudes. Y hoy todo el mundo sabe quién es y que era bueno. Jackman no se avergüenza de reconocer que también él es una buena persona. Por eso decidió crear aquel centro. Iba a librar a todas las personas ocupadas de sus cargas más pesadas. Era una idea fabulosa. Ya nadie tendría que cargar más con esos abuelitos tan entrañables pero con los que la mayoría no sabía qué hacer. Ellos van a estar mejor allí, se convencía. Jackman iba a prepararles un lugar en el que poder compartir sus vidas con otros como ellos.
—Eso es una locura, Mister Jackman —Aquella mujer lo tenía claro—, no puedes deshacerte de una persona como de un mueble viejo. No puedes dejarlo porque ya no te sirva.
—Te equivocas, joven, te equivocas. —Su voz le pareció pedante a la mujer— El problema es que no estás preparada para los nuevos tiempos, o cambias de mente o te quedas atrás. Se acerca un siglo nuevo y tus ideas siguen ancladas en el que se va. ¿Cómo se puede salvar a un pueblo si lo dejas ahogarse en sus problemas? Lo que yo voy a hacer es un favor a mis conciudadanos. Cuando Casa Felicidad esté abierta todos esos ancianos no tendrán que seguir siendo el estorbo de unas familias ocupadas. Nadie tendrá que sonreír a los viejos abuelitos mientras masculla entre dientes que sobran en esa casa. Estoy liberándolos, los salvo de la agonía de un hogar en el que no son deseados. En Casa Felicidad podrán pasar las horas con otros abuelos y nadie deberá sentirse en el compromiso de una visita forzada.
—Pero —la joven no está convencida— estaremos educando a nuestros niños en que las personas sólo valen por un tiempo.
—¡Sigues sin entender! —Jackman ya algo desesperado— la sociedad del futuro debe dejarse de melancolías y falsas humildades. Una humanidad verdaderamente desarrollada es capaz de romper con aquello que le sobra y sobra aquello que no produce ningún bien, ¿entiendes? A estas alturas deberías haberte dado cuenta de cómo funcionan las cosas. Menos mal que grandes hombres como yo nos ocupamos de decidir por los mediocres. Menos mal que alguien piensa por vosotros. Aunque no lo veas, joven, estamos construyendo un mundo ideal, un mundo de beneficios donde los hombres podrán ser como máquinas y éstas suplantar a los hombres. ¿Hay algo más humano? Dar al ser humano una nueva forma de vida, de salvación. Estamos dotándolo de tiempo para él mismo ¿entiendes?
—No sé…
El tiempo se va acabando. A Jackman le quedan tan sólo unos segundos. Levanta la cabeza, se quita el sombrero y mira frente a frente a toda esa multitud. Quiere que su cara quede grabada en sus retinas, quiere regalarles el privilegio de recordarlo en el último instante de su vida. A partir de ese momento pasará a la historia. Mañana, cuando todo haya concluido, en la ciudad no se hará otra cosa que hablar de Mister Jackman. Es lo que ha esperado toda su vida. Un final épico para un hombre épico. Va a dejar este mundo como todos los grandes y, por suerte, un buen número de personas van a presenciarlo. Ahora empieza su verdadera vida, la que lo hará inmortal, la que le permitirá existir por siempre. Eso es lo que siempre ha buscado. Por eso lo hizo todo. Su huella, se satisface, es parte ya de los caminos de este mundo. Cierra los ojos, se inclina para despedirse con su sombrero, el verdugo indica que ha acabado el tiempo y se arma un gran alboroto.
—Abuelo, ¿por qué la calle de los marineros se llama así?
—Porque hace años, cuando llegaban los barcos después de navegar durante meses, en esa calle se hospedaban todos los marineros. —Pensó que no era necesario aclarar al niño qué más cosas hacían los marineros en esa calle.
—¿Y quién fue Miss Hannigan?
—Fue una señorita que, durante la guerra se dedicó a recoger a niños huérfanos y, una vez terminada, se ocupó de los ancianos que eran abandonados por sus familias. Por eso le dedicaron esta calle, porque fue una mujer buena.
—¿Y esta plaza? ¿Por qué es importante esta plaza?
—Pues no lo sé, jovencito, pero recuerdo que de niño lanzamos naranjas a un hombre con guantes, corbata y sombrero.
—Despídete de esta miserable vida. —El verdugo está ya listo.
—Adiós, miserable, adiós.
Jacky, como solían llamarlo cuando era pequeño, lo tenía claro. Él iba a ser un hombre importante, un hombre de ciudad, un hombre de renombre. Por eso debían dejar de llamarlo con ese estúpido diminutivo o, de lo contrario, más de uno podría acabar recordándole cuando jugara con su perro. A partir de ese momento sería Jack, o Mister Jackman. Sí, Mister Jackman será el nombre por el que le conocerán en la gran ciudad. Cuando se siente en las cortes a decidir el destino del pueblo, cuando lo presenten en las grandes asambleas e, incluso, cuando todos celebren el éxito de sus negocios con el otro continente. Sí, los hombres querrán llamarse así y los hijos soñarán con padres como Jackman. Las mujeres fantasearán con él. Todos querrán ser Jackman.
Jack va a la universidad. Casi nadie va a la universidad y, mucho menos, los muchachos de pueblo. Pero él se ha vestido su capa negra y su bombín. Se está dejando crecer el bigote que, de momento, se queda más bien en pelusilla. Cuánto daría él por tener un buen mostacho de esos que hacen parecer a uno mucho más respetable, mucho más hombre. "Seguro que en unos siglos, las mujeres solo buscarán hombres con bigote". Por supuesto, todos son hombres aunque no tan hombres como él. Cuando Jack camina hacia la universidad pasa junto a la catedral. Está maravillado. Pero le molesta pensar que esas malditas piedras seguirán en pie cuando él haya caído. No es justo, piensa, no debería ser así. Algún día su nombre estará en la plaza de alguna gran ciudad junto a un busto suyo y cuando pasen a su lado los hombres a punto de morir, desearán ser como él, un hombre inmortal, un hombre que jamás desaparecerá de la memoria del mundo. Muy pocos nombres perduran para siempre y el suyo será uno de ellos: Jackman, el gran hombre, el hombre catedral. Todos le saludarán por la calle y los niños, nerviosos, dirán a sus padres que van a pasar por delante de él.
—¿Eso es todo lo que vas a decir? —El verdugo esperaba algo más de un hombre que se presenta a su ejecución con guantes blancos, sombrero y corbata.
—Tengo algo más que decir.
—¡Venga ya! ¡No tenemos todo el día! —A la muchedumbre le gustan las ejecuciones rápidas, sin demasiadas historias, como si temieran acabar sintiendo algún tipo de lástima por el reo.
—Tienes dos minutos. —Es todo lo que el verdugo está dispuesto a esperar, también él desea acabar ya con el asunto.
—¡Miserable mundo!, ¡miserables de este mundo!... —Se da un aire atípico para alguien que está en su situación—. Aquí me tenéis. Mister Jackman, el hombre que siempre estará en vuestras memorias, el nombre que tantas veces habéis repetido. Pueden aplaudir. Pueden también llorar, puedo prestarles mi pañuelo de seda. No sean tímidos, no escondan cuánto dolor les causa mi partida...
—¡Cállate!
—Lo sé, lo sé. —Mister Jackman se afloja el nudo de la corbata—. Sé que no pueden soportarlo. Sólo unas palabras más. Lo prometo. Sólo unas pocas.
Cuando Jackman conoció a Sally se sintió un hombre afortunado. El hombre que salía con la mujer más afortunada del mundo, la mujer que había conseguido tener a Mister Jackman junto a ella. Entonces estaba convencido de que ya nunca se separarían. Jackman y Sally solían salir a pasear cuando el sol brillaba más fuerte. Jackman le prometía a Sally el mundo entero. Le prometía joyas, una casa maravillosa y una vida de ensueño. Él estaba a punto de ser elegido como miembro de las cortes. Era ya un hombre importante y ella debía sentirse tan feliz de estar junto a él. Cuando estuviera en el Senado iba a declarar festivo el día en que se conocieron. Y así habría algo más importante a celebrar en la vida de su ciudad. Sería un día tan importante para los ciudadanos como el día de... como todos esos días que celebran.
—Sally, tú sabes que nuestro amor va a durar para siempre. Que serás siempre una mujer con suerte. Que haré todo por ti, todo. Ni siquiera tendrás que pensar. Yo seré tu propio pensamiento, así no habrá nada por lo que preocuparse.
—Sí, Jack, pero yo...
—Sí, lo sé, yo también lo he pensado. No te preocupes, podrás hablar a tus amigas de mí, podrás presumir, podrás decirles lo satisfecha que vives a mi lado, lo mucho que te amo y cómo estás loca por mí.
—Jackman...
—Sí. —Nueva interrupción, Sally ya no dice nada más—. Tienes razón, somos una gran pareja, la envidia de todas las parejas —Jackman coloca su mano derecha sobre la pierna izquierda de Sally, a la altura del muslo. Le sonríe, guiña un ojo y la besa. Sally cierra los ojos y él le pide que los abra, que observe de cerca su amor.
La gente cada vez grita más alto. Todos quieren que el verdugo acabe de una vez por todas, que concluya su trabajo. Mister Jackman no cierra la boca. Por un instante cierra los ojos y da la sensación de que se va a poner a llorar. Su voz suena esta vez menos animosa, más nostálgica, más temerosa.
—Miserable mundo —con la mano en el pecho—, la voy a echar de menos. Sally, mi Sally. Y cuánto va a anhelarme ella. Una nueva viuda se incorpora a tus redes de soledades y recuerdos. Tampoco ella volverá a ser la misma, tampoco ella podrá seguir viviendo con mi ausencia. Estamos firmando aquí dos defunciones.
—Le quedan tan sólo noventa segundos. Aprovéchelos y déjese de historias. —También el verdugo comienza a inquietarse.
Silencio. Jackman parece dormido. Sonríe y toma aire.
Esas asambleas siempre transcurren con la misma desidia. Todos esos hombres enchaquetados hablando de la vida y del futuro. Hombres que se creen todo y que en realidad no son más que desdichados. Pero él no es así. Él debe elevar la cita a otra categoría. Si Jackman no estuviese entre ellos todo sería un entretenimiento. Él sabe que gracias a su presencia las palabras toman otro tono.
—Bueno, señores, ¿y cuál es el tema de hoy? —A Mister Jackman le gusta abrir el diálogo.
—La política, creo que lo que hoy nos ocupa, sin duda, es la política. —El que habla es un hombre no muy alto, víctima de una alopecia que esconde tras un descarado peluquín.
—Tiene razón, la política es un asunto importante y de nuestra competencia —asiente Jackman— ¿Creen ustedes que vivimos un gobierno de libertades?
—Sin duda. —El hombre gordo de la derecha se ha levantado secándose el sudor y dispuesto a dar sus razones—. Si el nuestro no fuera un gobierno libre, nuestros ciudadanos no estarían contentos. Pero mírenlos, echen un vistazo. Tienen todo lo que necesitan. Sus hombres importantes los miran, sonríen y asienten. Qué más libertad que ésa.
—Permítame discrepar. —Jackman sabe que es él el que debe dar las razones de peso—. Nuestros ciudadanos no son libres, no son libres porque Mister Jackman no está en el poder. El día que maneje los hilos de sus vidas, ese día sí se moverán con libertad. Serán títeres cuyo titiritero les hará campar a sus anchas. Para entonces podrán elegir qué es lo que necesitan y decidir que van a comprarlo; podrán discernir si votan a A o a B porque no será necesario escuchar a C ni a D. Cuando nuestros ciudadanos sean libres podrán admirar la grandeza de hombres grandes, como yo, hombres que dedicarán sus vidas a manejar las suyas para que puedan andar sin necesidad de preguntar a dónde. Bastará con que me sigan y con que ni siquiera sepan que me están siguiendo. Entonces viviremos un gobierno con libertad. Gritarán para defenderte por el mero hecho de ser quien eres. Lo demás da igual. ¿Hay algo más hermoso? Nombra de vez en cuando la palabra libertad, hazles sentir que estás preocupado por ellos, por sus preocupaciones… Dales su pan de cada día y no les muestres que además existe el jamón para acompañarlo. Qué libertad hay mayor que la de creerse libre.
—Bravo, bravísimo —En realidad no han entendido muy bien qué ha querido decir pero cuando Jackman ha parado para tomar aire no han podido evitar aplaudir.
Apenas queda un minuto para que el verdugo haga su trabajo y pueda irse a casa, a descansar junto a su familia, con la satisfacción de hacer lo que le mandan. Mister Jackman está invitando a la gente a lanzarle diferentes objetos. Los incita a hacerlo. Les pide que se sientan con la libertad de hacerlo. Comienza una mujer a la que siguen algunos niños con naranjas. Jackman sabe que cuando levanten su estatua en la plaza todos recordarán este momento. Todos recordarán cómo el gran Jackman entregó su vida. Cuando los ancianos paseen por la plaza podrán hablar a sus nietos del hombre de la estatua. Podrán contarles sus hazañas y los niños, jugarán a ser como el hombre valeroso que ven sobre la peana.
Todo pueblo necesita un salvador y Mister Jackman sabía que él había nacido para ser el salvador del suyo. Aquella tarde de invierno había oído la historia de Moisés. Moisés salvó a su pueblo, lo liberó de sus esclavitudes. Y hoy todo el mundo sabe quién es y que era bueno. Jackman no se avergüenza de reconocer que también él es una buena persona. Por eso decidió crear aquel centro. Iba a librar a todas las personas ocupadas de sus cargas más pesadas. Era una idea fabulosa. Ya nadie tendría que cargar más con esos abuelitos tan entrañables pero con los que la mayoría no sabía qué hacer. Ellos van a estar mejor allí, se convencía. Jackman iba a prepararles un lugar en el que poder compartir sus vidas con otros como ellos.
—Eso es una locura, Mister Jackman —Aquella mujer lo tenía claro—, no puedes deshacerte de una persona como de un mueble viejo. No puedes dejarlo porque ya no te sirva.
—Te equivocas, joven, te equivocas. —Su voz le pareció pedante a la mujer— El problema es que no estás preparada para los nuevos tiempos, o cambias de mente o te quedas atrás. Se acerca un siglo nuevo y tus ideas siguen ancladas en el que se va. ¿Cómo se puede salvar a un pueblo si lo dejas ahogarse en sus problemas? Lo que yo voy a hacer es un favor a mis conciudadanos. Cuando Casa Felicidad esté abierta todos esos ancianos no tendrán que seguir siendo el estorbo de unas familias ocupadas. Nadie tendrá que sonreír a los viejos abuelitos mientras masculla entre dientes que sobran en esa casa. Estoy liberándolos, los salvo de la agonía de un hogar en el que no son deseados. En Casa Felicidad podrán pasar las horas con otros abuelos y nadie deberá sentirse en el compromiso de una visita forzada.
—Pero —la joven no está convencida— estaremos educando a nuestros niños en que las personas sólo valen por un tiempo.
—¡Sigues sin entender! —Jackman ya algo desesperado— la sociedad del futuro debe dejarse de melancolías y falsas humildades. Una humanidad verdaderamente desarrollada es capaz de romper con aquello que le sobra y sobra aquello que no produce ningún bien, ¿entiendes? A estas alturas deberías haberte dado cuenta de cómo funcionan las cosas. Menos mal que grandes hombres como yo nos ocupamos de decidir por los mediocres. Menos mal que alguien piensa por vosotros. Aunque no lo veas, joven, estamos construyendo un mundo ideal, un mundo de beneficios donde los hombres podrán ser como máquinas y éstas suplantar a los hombres. ¿Hay algo más humano? Dar al ser humano una nueva forma de vida, de salvación. Estamos dotándolo de tiempo para él mismo ¿entiendes?
—No sé…
El tiempo se va acabando. A Jackman le quedan tan sólo unos segundos. Levanta la cabeza, se quita el sombrero y mira frente a frente a toda esa multitud. Quiere que su cara quede grabada en sus retinas, quiere regalarles el privilegio de recordarlo en el último instante de su vida. A partir de ese momento pasará a la historia. Mañana, cuando todo haya concluido, en la ciudad no se hará otra cosa que hablar de Mister Jackman. Es lo que ha esperado toda su vida. Un final épico para un hombre épico. Va a dejar este mundo como todos los grandes y, por suerte, un buen número de personas van a presenciarlo. Ahora empieza su verdadera vida, la que lo hará inmortal, la que le permitirá existir por siempre. Eso es lo que siempre ha buscado. Por eso lo hizo todo. Su huella, se satisface, es parte ya de los caminos de este mundo. Cierra los ojos, se inclina para despedirse con su sombrero, el verdugo indica que ha acabado el tiempo y se arma un gran alboroto.
—Abuelo, ¿por qué la calle de los marineros se llama así?
—Porque hace años, cuando llegaban los barcos después de navegar durante meses, en esa calle se hospedaban todos los marineros. —Pensó que no era necesario aclarar al niño qué más cosas hacían los marineros en esa calle.
—¿Y quién fue Miss Hannigan?
—Fue una señorita que, durante la guerra se dedicó a recoger a niños huérfanos y, una vez terminada, se ocupó de los ancianos que eran abandonados por sus familias. Por eso le dedicaron esta calle, porque fue una mujer buena.
—¿Y esta plaza? ¿Por qué es importante esta plaza?
—Pues no lo sé, jovencito, pero recuerdo que de niño lanzamos naranjas a un hombre con guantes, corbata y sombrero.
-Malos pelos, por Antonia Jiménez
Malos pelos
Antonia Jiménez Rodríguez
—¡Corre a tu habitación y no salgas hasta que esté totalmente ordenada! —dictaminó Manuela sujetando la voz e intentando no despeinarse antes de salir de casa camino del trabajo. Siempre va temprano. Tiene juicio a las once, pero ella llegará a las nueve como cada día. Hoy será un día complicado, el pleito es muy escabroso y ha de llegar al juzgado con el tiempo suficiente para repasar con su secretario el caso. Una última mirada en el espejo de la entrada y lista. El traje impecable, los zapatos bien limpios y el pelo, gracias a Dios, en su sitio. Siempre tiene miedo a las discusiones con su hija porque por alguna razón, desconocida por las leyes de la naturaleza, acaba despeinada.
—Las vacaciones son horribles —susurra en tanto que introduce los últimos documentos en su portafolios. Para Manuela, que siempre lo controla todo, las vacaciones de su hija son una tortura ya que no soporta que Julia, la hija en cuestión, se quede en casa mientras ella está en el trabajo. No puede concentrarse. Se pasa la mañana dándole vueltas a la cabeza: “¿estará en casa, habrá estudiado, habrá salido, habrá entrado...?” Aleja esos pensamientos de la cabeza a la vez que busca las llaves del coche.
—¡¡Mamá!!
El alarido es de tal magnitud que Manuela devora los peldaños. Al llegar a la planta de arriba encuentra a su hija en el rellano de la escalera con los ojos inundados de lágrimas y con una expresión de horror capaz de alarmar a la madre más deshumanizada.
—¿Qué te ha pasado? —zarandea a Julia mientras un mechón de su melena rojiza se eriza.
—¡Es Sultán! —tartamudea señalando hacia la terraza.
Sultán es el bobtail familiar del que Manuela lleva recogiendo pelos casi once años. Se lo regalaron a Julia el día que la niña cumplió cinco años para potenciar su sentido de la responsabilidad. Por supuesto el perro es de Julia, pero es Manuela quien lo lleva al veterinario, quien lo lava, quien lo cepilla y quien recoge del suelo con una bolsita sus asquerosos y enormes excrementos.
Intenta calmar a la inconsolable Julia mientras piensa en qué tipo de trastada habrá hecho el perro para liar tanto alboroto. Al ver que la chica no acierta a articular palabra, Manuela camina en dirección a la terraza, aparta la cortina, pone un pie dentro y se queda paralizada. No sabe a cuál de sus dos piernas seguir, si a la derecha que está dentro de la terraza preparada para correr en dirección a Sultán o a la izquierda que permanece en la habitación y presta a correr en dirección a la calle. Todo su cuerpo está inmovilizado. Todo menos dos de sus mechones más rebeldes que acaban de encresparse como si una descarga eléctrica los hubiese atravesado. Sultán estaba tumbado junto a la puerta, tieso como un mástil y con expresión de…
—…¡Muerto! ¡Está muerto!
Al final se decanta por seguir a la pierna izquierda presa de un desaforado instinto por escapar de allí. Corre escaleras abajo, apartando de su camino a Julia con un empujón.
—¡Paco! ¡Paco corre! —grita recorriendo las habitaciones de la planta baja—. ¿Paco?
—Mamá, —dos hipidos— papá se marchó esta mañana muy temprano, —dos hipidos más— ¿no lo recuerdas?
Manuela es incapaz de recordar nada, es incapaz de pensar y es incapaz de tomar la iniciativa. Su mente culpa despiadadamente a Paco en un pleito que el pobre marido sería incapaz de ganar. Se pregunta por qué precisamente hoy el acusado tiene que recuperar horas extras en la oficina. Por qué hoy y no ayer o mañana. Está segura de que el acusado ha visto al perro y ha huido sin prestarle auxilio. Según el artículo 52 del Código Penal de 1973, un individuo que es capaz de huir del escenario de una muerte sin prestar auxilio es castigado penalmente y considerado peligroso. A punto está de golpear con su mazo dictando sentencia acusatoria cuando otro pensamiento viene a su mente. “Estamos a finales de junio. Si dejo a Sultán en la terraza hasta que volvamos por la tarde... Las moscas..., el olor...”
—¡Oh, Dios mío! Tenemos que quitar a Sultán de la terraza —secándole las lágrimas a Julia con la mano— antes de que me marche al trabajo.
—¡No puedo, no puedo! —lloriquea Julia caminando marcha atrás y mirando a su madre con cara de horror.
—¿Dónde vas?
—Estaré en casa de Marite mientras tú lo haces, mamá. No puedo permanecer en esta casa en tanto que el cadáver de Sultán esté en ella.
—¡Vuelve aquí! ¡Acuérdate que estás castigada! ¡Vuelve! —Pero Julia corre ya calle arriba con la mochila colgada y la excusa perfecta para salir de casa.
Cierra la puerta tras de sí con expresión de miedo infantil. No le queda más remedio que hacerlo ella misma. Se arma de valor, se quita la chaqueta y va a la cocina.
—Bolsas de basura, guantes y el delantal para no mancharme.
Sube lentamente la escalera mirando en dirección a la puerta de la terraza, esperando que todo sea un mal sueño y aparezca el perro pidiendo su desayuno. Toma aire antes de apartar la cortina y se queda mirando. Por un momento recuerda la bolita de pelo blanco y negro que era Sultán cuando llegó a casa y recuerda sus largos paseos con él. Dos lágrimas, que seca en el acto, le rozan las mejillas.
—No es momento de sentimentalismos. Hay que levantar el cadáver.
Se coloca el delantal y se ajusta los guantes sin apartar la mirada del perro. Prepara dos bolsas de basura grandes y empieza a dar vueltas alrededor del cuerpo tratando de calcular por dónde debía agarrarlo. Acerca la bolsa a las patas traseras y alarga la mano para agarrarlas.
—¡Ag! ¡Está helado! —grita mientras da saltitos y agita las manos—. ¡No puedo hacerlo! ¡No puedo! ¡No puedo! ¡No puedo!
Baja corriendo a la cocina y vuelve a subir con un rollo de papel. Deslía un buen trozo para evitar el contacto con el frío cuerpo del animal y lo agarra fuerte de las patas tirando de él hasta que consigue meterle medio cuerpo dentro de la bolsa. Vuelve a desenrollar papel y lo coloca sobre la cabeza. No quiere verle la cara. Acerca la segunda bolsa e intenta meterle la cabeza pero es imposible. No le queda más remedio que agarrar la cabeza con las dos manos a la vez que con el pie intenta meter la bolsa.
—¡Cómo pesa el condenado! —suda y murmura mientras el flequillo se le ahueca hacia arriba formando una especie de ola que Manuela odia.
Cuando por fin el perro está dentro de tres bolsas de basura se da cuenta que hay que sacarlo de casa. Lo arrastra hasta la escalera pero al bajar el primer escalón la cabeza da un golpe que le eriza el vello y la hace soltar el cuerpo de golpe. Trata de bajarlo escalón a escalón colocándolo en paralelo a los peldaños pero sigue dando un gran golpe cada vez que desciende. Después de mucho darle vueltas llega a la conclusión de que la única manera es cogiéndolo en brazos. El perro parece que pesa el doble y Manuela hace un gran esfuerzo.
Ya en la planta baja lo suelta agotada. No puede dejarlo allí, no puede dejar un cadáver en la casa. Tampoco puede enterrarlo.
—¿Dónde? El jardín es muy pequeño —mirando por la ventana— Al contenedor. Tengo que meterlo en el contenedor.
Abre la puerta y arrastra el bulto hacia la calle esperando que nadie la vea.
—¡Buenos días Manuela! —saluda la voz de Menchu, su vecina, a sus espaldas.
—¡Buenos días! —contesta sin girar la cabeza.
—Te has levantado muy trabajadora.
En un arranque de valor se gira hacia su vecina y le explica la situación pidiéndole ayuda para levantar al difunto animal hasta el contenedor.
—¡Eres cruel, chica! ¡No puedes tirarlo a la basura como si fuese un despojo! —sigue su camino— Además acabo de hacerme las uñas. Lo siento.
—¡Acabo de hacerme las uñas! ¡Acabo de hacerme las uñas! ¡Será idiota! —masculla mientras continua arrastrando al difunto.
Lo que más le cuesta es levantarlo hasta la altura del contenedor. Se le resbala dos veces pero Manuela está totalmente decidida a perder de vista aquel cuerpo inerte. Cuando por fin lo consigue regresa a casa, se quita el delantal y los guantes, se sacude la ropa y corre a mirar la hora.
—¡Las diez y media! ¡No llego!
Se pone la chaqueta, saca las llaves y coge el portafolios. Una última mirada al espejo y lista.
—¡Mierda! —suelta en voz alta a la vez que intenta aplacarse con la mano algunos pelos— No puedo pararme.
De vuelta a casa, por la tarde, conduce haciendo un resumen de lo que ha ocurrido a lo largo de la jornada. Todos los días aprovecha este trayecto para reflexionar y para aclarar ideas. Llegó diez minutos tarde al juzgado, cuando casi estaban a punto de aplazar el juicio debido a su retraso. Intentó apartar de su mente todo problema hasta que dictó sentencia. Más tarde, ya en su despacho telefoneó varias veces a casa pero nadie contestó, así es que acabó por llamar a Julia al móvil. Le sorprendió mucho que la niña estuviese dando un paseo con Marite por el centro comercial. “Necesito apartar de mi mente lo ocurrido” le dijo. El resto de horario laboral transcurrió con normalidad y sin ningún otro hecho relevante salvo las tres veces que Manuela había visitado el cuarto de baño para intentar, inútilmente, dominar su melena.
Mete la llave en la cerradura y no escucha los ladridos que cada tarde la recibían. Antes de acabar de abrir la puerta se gira y mira hacia el contenedor donde yace el pobre Sultán. No ha tenido tiempo ni de sentir su muerte.
—¡Julia! ¡Ya estoy en casa!
Julia responde al saludo de su madre desde la cocina. Va hacia ella y le da un beso. Abre una cerveza bien fría y se sienta junto a su hija. Manuela intenta sacar conversación sobre el transcurso del día, pero Julia evita mirar a su madre de frente.
—¿Cuándo enterramos a Sultán? —suena de labios de Julia como un portazo.
—Esto… ya está enterrado.
—Si, ya, está enterrado en el contenedor. Me lo ha dicho Menchu, que se ha acercado a ver qué tal me encontraba. Tirar a Sultán a la basura. ¡Eres horrible, mamá! ¡Horrible! —grita mientras se levanta de la silla y corre hacia el salón. Manuela la sigue e intenta por todos los medios calmarla y explicarle el problema pero es inútil. Sin embargo una de las veces que su hija gira la cabeza le parece ver algo brillar junto a la ceja derecha.
—¿Qué tienes ahí, Julia?
—Nada.
—Tienes algo. Déjame ver.
—No quiero —y corre escaleras arriba cerrando tras de sí la puerta de su habitación. Manuela la sigue y entra. Casi a la fuerza consigue verle la cara.
—¡Dios mío! ¡Un piercing! —y su mente lo repite como una letanía: "un piercing, un piercing, un piercing, un..."
—Entiéndeme, mamá, estaba muy deprimida esta mañana, necesitaba hacer algo para olvidar el mal trago y...
—¿Deprimida? ¿Y cómo crees que he estado yo? —inquiere con voz enérgica y con el pelo electrizado por completo—. ¡Quítatelo ahora mismo! Está recién hecho y no te quedará marca.
—Ni lo sueñes.
La discusión dura más de media hora. Es una batalla verbal encarnizada, donde cada una de ellas dice cosas de las que seguramente se arrepentirá a la mañana siguiente.
Manuela está en la cocina preparando la cena cuando escucha la puerta abrirse.
—¡Hola! ¿Dónde están mis chicas? —campanillea la voz de Paco mientras suelta el maletín y las llaves en la entrada. Manuela no contesta. Está muy enfadada con él, así es que adopta una posición de dignidad y continúa partiendo los tomates en silencio. Paco avanza en dirección a la cocina, se acerca a su mujer y la abraza por detrás.
—¡Déjame! —ordena Manuela soltando el cuchillo, para liberarse de los brazos del marido y girándose con mirada despectiva.
—¡Por Dios, Manuela! ¿Qué pelos son esos? —suelta sonriendo al ver a su esposa.
—¡Vete a la mierda! —grita a la vez que corre en dirección a su habitación.
—¿Qué pasa? Ni que se hubiese muerto alguien.
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Antonia Jiménez Rodríguez
—¡Corre a tu habitación y no salgas hasta que esté totalmente ordenada! —dictaminó Manuela sujetando la voz e intentando no despeinarse antes de salir de casa camino del trabajo. Siempre va temprano. Tiene juicio a las once, pero ella llegará a las nueve como cada día. Hoy será un día complicado, el pleito es muy escabroso y ha de llegar al juzgado con el tiempo suficiente para repasar con su secretario el caso. Una última mirada en el espejo de la entrada y lista. El traje impecable, los zapatos bien limpios y el pelo, gracias a Dios, en su sitio. Siempre tiene miedo a las discusiones con su hija porque por alguna razón, desconocida por las leyes de la naturaleza, acaba despeinada.
—Las vacaciones son horribles —susurra en tanto que introduce los últimos documentos en su portafolios. Para Manuela, que siempre lo controla todo, las vacaciones de su hija son una tortura ya que no soporta que Julia, la hija en cuestión, se quede en casa mientras ella está en el trabajo. No puede concentrarse. Se pasa la mañana dándole vueltas a la cabeza: “¿estará en casa, habrá estudiado, habrá salido, habrá entrado...?” Aleja esos pensamientos de la cabeza a la vez que busca las llaves del coche.
—¡¡Mamá!!
El alarido es de tal magnitud que Manuela devora los peldaños. Al llegar a la planta de arriba encuentra a su hija en el rellano de la escalera con los ojos inundados de lágrimas y con una expresión de horror capaz de alarmar a la madre más deshumanizada.
—¿Qué te ha pasado? —zarandea a Julia mientras un mechón de su melena rojiza se eriza.
—¡Es Sultán! —tartamudea señalando hacia la terraza.
Sultán es el bobtail familiar del que Manuela lleva recogiendo pelos casi once años. Se lo regalaron a Julia el día que la niña cumplió cinco años para potenciar su sentido de la responsabilidad. Por supuesto el perro es de Julia, pero es Manuela quien lo lleva al veterinario, quien lo lava, quien lo cepilla y quien recoge del suelo con una bolsita sus asquerosos y enormes excrementos.
Intenta calmar a la inconsolable Julia mientras piensa en qué tipo de trastada habrá hecho el perro para liar tanto alboroto. Al ver que la chica no acierta a articular palabra, Manuela camina en dirección a la terraza, aparta la cortina, pone un pie dentro y se queda paralizada. No sabe a cuál de sus dos piernas seguir, si a la derecha que está dentro de la terraza preparada para correr en dirección a Sultán o a la izquierda que permanece en la habitación y presta a correr en dirección a la calle. Todo su cuerpo está inmovilizado. Todo menos dos de sus mechones más rebeldes que acaban de encresparse como si una descarga eléctrica los hubiese atravesado. Sultán estaba tumbado junto a la puerta, tieso como un mástil y con expresión de…
—…¡Muerto! ¡Está muerto!
Al final se decanta por seguir a la pierna izquierda presa de un desaforado instinto por escapar de allí. Corre escaleras abajo, apartando de su camino a Julia con un empujón.
—¡Paco! ¡Paco corre! —grita recorriendo las habitaciones de la planta baja—. ¿Paco?
—Mamá, —dos hipidos— papá se marchó esta mañana muy temprano, —dos hipidos más— ¿no lo recuerdas?
Manuela es incapaz de recordar nada, es incapaz de pensar y es incapaz de tomar la iniciativa. Su mente culpa despiadadamente a Paco en un pleito que el pobre marido sería incapaz de ganar. Se pregunta por qué precisamente hoy el acusado tiene que recuperar horas extras en la oficina. Por qué hoy y no ayer o mañana. Está segura de que el acusado ha visto al perro y ha huido sin prestarle auxilio. Según el artículo 52 del Código Penal de 1973, un individuo que es capaz de huir del escenario de una muerte sin prestar auxilio es castigado penalmente y considerado peligroso. A punto está de golpear con su mazo dictando sentencia acusatoria cuando otro pensamiento viene a su mente. “Estamos a finales de junio. Si dejo a Sultán en la terraza hasta que volvamos por la tarde... Las moscas..., el olor...”
—¡Oh, Dios mío! Tenemos que quitar a Sultán de la terraza —secándole las lágrimas a Julia con la mano— antes de que me marche al trabajo.
—¡No puedo, no puedo! —lloriquea Julia caminando marcha atrás y mirando a su madre con cara de horror.
—¿Dónde vas?
—Estaré en casa de Marite mientras tú lo haces, mamá. No puedo permanecer en esta casa en tanto que el cadáver de Sultán esté en ella.
—¡Vuelve aquí! ¡Acuérdate que estás castigada! ¡Vuelve! —Pero Julia corre ya calle arriba con la mochila colgada y la excusa perfecta para salir de casa.
Cierra la puerta tras de sí con expresión de miedo infantil. No le queda más remedio que hacerlo ella misma. Se arma de valor, se quita la chaqueta y va a la cocina.
—Bolsas de basura, guantes y el delantal para no mancharme.
Sube lentamente la escalera mirando en dirección a la puerta de la terraza, esperando que todo sea un mal sueño y aparezca el perro pidiendo su desayuno. Toma aire antes de apartar la cortina y se queda mirando. Por un momento recuerda la bolita de pelo blanco y negro que era Sultán cuando llegó a casa y recuerda sus largos paseos con él. Dos lágrimas, que seca en el acto, le rozan las mejillas.
—No es momento de sentimentalismos. Hay que levantar el cadáver.
Se coloca el delantal y se ajusta los guantes sin apartar la mirada del perro. Prepara dos bolsas de basura grandes y empieza a dar vueltas alrededor del cuerpo tratando de calcular por dónde debía agarrarlo. Acerca la bolsa a las patas traseras y alarga la mano para agarrarlas.
—¡Ag! ¡Está helado! —grita mientras da saltitos y agita las manos—. ¡No puedo hacerlo! ¡No puedo! ¡No puedo! ¡No puedo!
Baja corriendo a la cocina y vuelve a subir con un rollo de papel. Deslía un buen trozo para evitar el contacto con el frío cuerpo del animal y lo agarra fuerte de las patas tirando de él hasta que consigue meterle medio cuerpo dentro de la bolsa. Vuelve a desenrollar papel y lo coloca sobre la cabeza. No quiere verle la cara. Acerca la segunda bolsa e intenta meterle la cabeza pero es imposible. No le queda más remedio que agarrar la cabeza con las dos manos a la vez que con el pie intenta meter la bolsa.
—¡Cómo pesa el condenado! —suda y murmura mientras el flequillo se le ahueca hacia arriba formando una especie de ola que Manuela odia.
Cuando por fin el perro está dentro de tres bolsas de basura se da cuenta que hay que sacarlo de casa. Lo arrastra hasta la escalera pero al bajar el primer escalón la cabeza da un golpe que le eriza el vello y la hace soltar el cuerpo de golpe. Trata de bajarlo escalón a escalón colocándolo en paralelo a los peldaños pero sigue dando un gran golpe cada vez que desciende. Después de mucho darle vueltas llega a la conclusión de que la única manera es cogiéndolo en brazos. El perro parece que pesa el doble y Manuela hace un gran esfuerzo.
Ya en la planta baja lo suelta agotada. No puede dejarlo allí, no puede dejar un cadáver en la casa. Tampoco puede enterrarlo.
—¿Dónde? El jardín es muy pequeño —mirando por la ventana— Al contenedor. Tengo que meterlo en el contenedor.
Abre la puerta y arrastra el bulto hacia la calle esperando que nadie la vea.
—¡Buenos días Manuela! —saluda la voz de Menchu, su vecina, a sus espaldas.
—¡Buenos días! —contesta sin girar la cabeza.
—Te has levantado muy trabajadora.
En un arranque de valor se gira hacia su vecina y le explica la situación pidiéndole ayuda para levantar al difunto animal hasta el contenedor.
—¡Eres cruel, chica! ¡No puedes tirarlo a la basura como si fuese un despojo! —sigue su camino— Además acabo de hacerme las uñas. Lo siento.
—¡Acabo de hacerme las uñas! ¡Acabo de hacerme las uñas! ¡Será idiota! —masculla mientras continua arrastrando al difunto.
Lo que más le cuesta es levantarlo hasta la altura del contenedor. Se le resbala dos veces pero Manuela está totalmente decidida a perder de vista aquel cuerpo inerte. Cuando por fin lo consigue regresa a casa, se quita el delantal y los guantes, se sacude la ropa y corre a mirar la hora.
—¡Las diez y media! ¡No llego!
Se pone la chaqueta, saca las llaves y coge el portafolios. Una última mirada al espejo y lista.
—¡Mierda! —suelta en voz alta a la vez que intenta aplacarse con la mano algunos pelos— No puedo pararme.
De vuelta a casa, por la tarde, conduce haciendo un resumen de lo que ha ocurrido a lo largo de la jornada. Todos los días aprovecha este trayecto para reflexionar y para aclarar ideas. Llegó diez minutos tarde al juzgado, cuando casi estaban a punto de aplazar el juicio debido a su retraso. Intentó apartar de su mente todo problema hasta que dictó sentencia. Más tarde, ya en su despacho telefoneó varias veces a casa pero nadie contestó, así es que acabó por llamar a Julia al móvil. Le sorprendió mucho que la niña estuviese dando un paseo con Marite por el centro comercial. “Necesito apartar de mi mente lo ocurrido” le dijo. El resto de horario laboral transcurrió con normalidad y sin ningún otro hecho relevante salvo las tres veces que Manuela había visitado el cuarto de baño para intentar, inútilmente, dominar su melena.
Mete la llave en la cerradura y no escucha los ladridos que cada tarde la recibían. Antes de acabar de abrir la puerta se gira y mira hacia el contenedor donde yace el pobre Sultán. No ha tenido tiempo ni de sentir su muerte.
—¡Julia! ¡Ya estoy en casa!
Julia responde al saludo de su madre desde la cocina. Va hacia ella y le da un beso. Abre una cerveza bien fría y se sienta junto a su hija. Manuela intenta sacar conversación sobre el transcurso del día, pero Julia evita mirar a su madre de frente.
—¿Cuándo enterramos a Sultán? —suena de labios de Julia como un portazo.
—Esto… ya está enterrado.
—Si, ya, está enterrado en el contenedor. Me lo ha dicho Menchu, que se ha acercado a ver qué tal me encontraba. Tirar a Sultán a la basura. ¡Eres horrible, mamá! ¡Horrible! —grita mientras se levanta de la silla y corre hacia el salón. Manuela la sigue e intenta por todos los medios calmarla y explicarle el problema pero es inútil. Sin embargo una de las veces que su hija gira la cabeza le parece ver algo brillar junto a la ceja derecha.
—¿Qué tienes ahí, Julia?
—Nada.
—Tienes algo. Déjame ver.
—No quiero —y corre escaleras arriba cerrando tras de sí la puerta de su habitación. Manuela la sigue y entra. Casi a la fuerza consigue verle la cara.
—¡Dios mío! ¡Un piercing! —y su mente lo repite como una letanía: "un piercing, un piercing, un piercing, un..."
—Entiéndeme, mamá, estaba muy deprimida esta mañana, necesitaba hacer algo para olvidar el mal trago y...
—¿Deprimida? ¿Y cómo crees que he estado yo? —inquiere con voz enérgica y con el pelo electrizado por completo—. ¡Quítatelo ahora mismo! Está recién hecho y no te quedará marca.
—Ni lo sueñes.
La discusión dura más de media hora. Es una batalla verbal encarnizada, donde cada una de ellas dice cosas de las que seguramente se arrepentirá a la mañana siguiente.
Manuela está en la cocina preparando la cena cuando escucha la puerta abrirse.
—¡Hola! ¿Dónde están mis chicas? —campanillea la voz de Paco mientras suelta el maletín y las llaves en la entrada. Manuela no contesta. Está muy enfadada con él, así es que adopta una posición de dignidad y continúa partiendo los tomates en silencio. Paco avanza en dirección a la cocina, se acerca a su mujer y la abraza por detrás.
—¡Déjame! —ordena Manuela soltando el cuchillo, para liberarse de los brazos del marido y girándose con mirada despectiva.
—¡Por Dios, Manuela! ¿Qué pelos son esos? —suelta sonriendo al ver a su esposa.
—¡Vete a la mierda! —grita a la vez que corre en dirección a su habitación.
—¿Qué pasa? Ni que se hubiese muerto alguien.
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viernes, 4 de diciembre de 2009
-EL VERANO COMENZÓ por Daniel López Mendoza (relato2)
EL VERANO COMENZÓ
Era el comienzo del verano de 1999. El sol golpeaba de lleno en la espalda de Julio Jiménez mientras realizaba los ejercicios de piano. El sudor corría por su nuca, bajaba por la espalda y se acumulaba en la banqueta bajo un trasero empapado. Las notas sonaban apagadas, sin ritmo, era como si la melodía se derritiera con el calor, hasta que Julio harto la interrumpió bruscamente.
-Julio venga, un poquito más –Jorge, su padre, leía el periódico sentado en la butaca. Las hojas del periódico lo camuflaban y su voz sonaba lejana como si de un dios se tratara-. Sería una pena después de todo el trabajo que no terminaras este curso –bajó el periódico para pasar de página y miró a Julio por encima de las gafas-. Ya en septiembre vemos que hacemos, si sigues o no.
Julio emprendió una vez más el ejercicio, pero su cabeza iba a mil revoluciones por segundo. Las notas de la partitura bailaban delante de sus ojos y al poco rato empezó a dar manotazos sobre las teclas del piano. La calma invadió el ánimo de Julio cuando entró en el salón la voz del megáfono anunciando la llegada del camión del tapicero. Se acercó a la ventana y al momento sintió la mano de su padre posándose en su hombro, su madre venía desde la cocina secándose las manos. Julio recordó el verano que alcanzó por primera con la punta de la nariz la ventana del salón y vio el camión del tapicero. Aquel día le preguntó a su padre
-Papa ¿Cómo es el conductor?
-Nadie lo conoce –al padre de Julio le encantaba fantasear-. Es una persona muy importante y todos lo respetan -acercó su rostro al de Julio-. Muchos incluso le tienen miedo -se apartó y estiró los brazos en cruz con la palmas abiertas-. Dicen que vive en un castillo gigante –apoyó las manos en el alféizar de la ventana y miró al exterior-. A veces se asoma a la ventana y la gente lo ve -giró la cabeza de repente y miró a los ojos de Julio- Pero lleva un sombrero negro que le tapa la cara.
-Jorge por favor -Sara le dio un guantazo en el hombro a su marido-. No le digas tonterías al niño.
Julio quedó fascinado al saber que ese hombre tan misterioso llevaba sombrero negro.
Para la familia Jiménez los veranos comenzaban cuando el camión del tapicero pasaba por su calle. Padre, madre e hijo se postraban ante la ventana para ver el desfile de tan preciado vehículo y escuchar su poesía cantada a través del megáfono adosado al techo. Sara descansaba su cuerpo sobre el pecho de Jorge que la agarraba con fuerza por la cintura. El pequeño Julio se rascaba la oreja caída mientras su padre le acariciaba la cabeza revolviéndole el pelo. El grado de intimidad y de unidad que conseguía la familia en esos momentos no se repetía en el resto del año.
Pero en el verano del 99 las cosas empezaron a cambiar. El pequeño Julio se había convertido en un hombretón de voz potente y con una melena rizada que le tapaba las orejas. Había terminado el bachillerato con el mejor expediente del instituto y se encontraba inmerso en una difícil situación, decidir qué hacer con su vida cuando lo que más le apetecía era callejear hasta altas horas de la noche. El futuro de Julio era un tema de conversación recurrente en su casa. Al comenzar un día cualquiera, primero se hablaba del calor “Hace menos que ayer”, después del viento “Hace viento ¿no? y en la playa dicen que se nota más” y finalmente la charla desembocaba en el chico.
-Julio hijo mío ¿por qué no estudias en la universidad? –Sara veía a su hijo y no podía quitarse de la cabeza al pequeño Julio en su primer día de colegio llorando mientras ella se alejaba diciendo adiós con la mano. Se acercó para abrazar al Julio grande. La cabeza reposaba debajo del hombro de Julio. Se separaba para volver a mirarlo. Pensaba en el día que su hijo abandonase la casa para comenzar a valerse por sí mismo y se le rompía el alma. Pero era necesario-. Las matemáticas te encantan ¿No te gusta alguna ingeniería, informática o algo así?
-Deja al niño que haga lo que quiera, es libre –Jorge estaba devolviendo un libro a la estantería y derribó una foto de su padre Miguel. Al colocarla surgió la imagen de su padre mirando a la cámara a través de unas gafas mientras fumaba un cigarrillo apoyado en un almendro. El cristal de las gafas no ocultaba unos ojos sin vida que se enfrentaron con los de Jorge. Miguel nunca aceptó que Jorge estudiase filosofía, le decía “Con las ideas no se come”. Quería que fuese médico porque se le daban muy bien las ciencias. Cuando miraba la foto de la estantería aun sentía el reproche y el silencio de su padre-. Si quiere estudiar que estudie, si quiere ser músico que sea músico, si quiere viajar que viaje. ¡Qué sea feliz!
-¡No le metas más pájaros en la cabeza al niño! Hay que ser más práctico.
Y así siguieron toda la tarde. Jorge ametrallaba con las mejores citas de la historia de la filosofía y Sara daba mazazos con sentencias heredadas de sus padres y abuelos.
Durante la siguiente semana las discusiones en torno a la libertad, el pragmatismo y el futuro de Julio continuaron alimentando un fuego incontrolable. Una tarde Julio entró de lleno en uno de estos debates dialécticos. Las palabras que salieron de su boca extinguieron el fuego. Jorge y Sara se apagaron y terminaron abrazándose por la cintura mientras miraban a Julio con ojos tiernos. Julio había encontrado una solución que llevaría el conflicto a una tregua temporal.
-Me voy a sacar el carnet de conducir.
Julio tardó sólo un mes en conseguir el carnet porque era un muchacho inteligente y habilidoso. Fue un periodo de tranquilidad en la casa. Julio iba con alegría a la autoescuela a realizar tests: dos fallos, cero fallos, un fallo, cero fallos. Su padre solía abordarlo de improvisto, agazapado tras la puerta de la cocina, cuando se dirigía a la clase “Julito no te gustaría ser músico, montar un grupo de jazz o algo así o cantante, porque tienes una voz genial…Bueno tú eres libre de decidir, piénsalo”. O bien a la vuelta de la autoescuela lo esperaba en mitad del pasillo “¿Has pensado ser periodista o escritor? Has ganado todos los premios de redacción del instituto…En fin, tranquilo, lo que hagas bien estará, serás alguien importante”. Sara se limitaba a preguntarle cómo llevaba los tests y Julio los llevaba perfectos porque el día del examen tardó quince minutos en hacerlo sin cometer fallo alguno. Las dos semanas de preparación del examen práctico fueron las mejores del verano para Julio. Deseaba que dieran las cinco para salir corriendo hacia la autoescuela. Eso sí, antes el padre le franqueaba el paso en el salón “Oye Julio no te gustaría ser actor o trabajar en la radio, tienes una dicción muy buena… Pero bueno, no te preocupes, tú serás lo que quieras ser, tienes todos los medios para conseguirlo”. Julio estaba de acuerdo, tenía muy buena dicción. La ponía a prueba algunas noches, cuando rondaba por las calles con sus amigos, bebiendo litronas de cerveza y le pedía a Toño el megáfono de su padre policía para proclamar himnos políticos, futbolísticos y demás tonterías, mientras las vecinas rumoreaban “Anda que el niño de la Sara”. Por su parte Sara le consultaba cómo le iban las prácticas del coche y Julio con una amplia sonrisa siempre contestaba “¡Genial!”. Le encantaba circular por el pueblo, calle arriba, calle abajo. Cuando pasaba por su calle pitaba varias veces, pero no se atrevía a mirar si sus padres se asomaban a la ventana por si estrellaba el coche contra el Kiosco de Manolo.
Fueron unos días felices. Las conversaciones matutinas se redujeron a “Hizo más calor ayer ¿no?” y “Qué ventolera más mala”. Pero el día que Julio aprobó el examen práctico se quebró el pacto de no agresión y el futuro del chico salió otra vez a la superficie. El debate se hacía cada vez más intenso, la cabeza de Julio era un coctel molotov a punto de estallar. ¿Estudiar? ¿Trabajar? ¿Algo práctico? ¿Algo que me guste?
Una tarde estaba tumbado en la cama escuchando la radio cuando sonaron varios anuncios de publicidad y se le iluminó la cara. Había dado con la solución. La tenía delante y no le había prestado atención hasta ahora. Era un trabajo perfecto, lo tenía todo, le gustaba, la gente disfrutaría de su voz y sería una persona importante como dijo su padre. Todas las piezas encajaban. A pesar de todo no estaba seguro, no se imaginaba el momento en que le dijera a sus padres “Quiero conducir el camión del tapicero”, porque sabía que estallaría una batalla campal. Su madre arremetería “¡Lo ves Jorge! Mira lo que has conseguido con tus tonterías y tus ideas de maestrillo”, su padre no pasaría de un “Pero hijo…” y desearía cruzarle la cara, pero lo frenaría la falta de consenso en las diversas teorías pedagógicas acerca de la edad límite para pegar a un hijo. Julio no lo veía claro, era una pena porque le brillaban los ojos nada más pensar en conocer el mundo sobre el camión, visitando pueblos y ciudades donde hacer felices a las familias como lo habían hecho cada verano con la suya.
El verano comenzó. La megafonía anunciaba la entrada en la calle del camión del tapicero. Sara corrió hacia la ventana y se tapó la boca con la mano izquierda para impedir la salida del barranco de emociones que colapsaban su interior. Vio un brazo desnudo saludando con energía a través de la ventanilla del camión y contestó al saludo levantando la mano derecha abierta. Sara se giró y miró a su marido sentado en la butaca leyendo “Niño ven, es Julio” El cristal de las gafas de Jorge no impidió ver el reproche de unos ojos sin vida que guardaron silencio. Siguió leyendo.
Daniel López Mendoza
(Diciembre 2009)
Era el comienzo del verano de 1999. El sol golpeaba de lleno en la espalda de Julio Jiménez mientras realizaba los ejercicios de piano. El sudor corría por su nuca, bajaba por la espalda y se acumulaba en la banqueta bajo un trasero empapado. Las notas sonaban apagadas, sin ritmo, era como si la melodía se derritiera con el calor, hasta que Julio harto la interrumpió bruscamente.
-Julio venga, un poquito más –Jorge, su padre, leía el periódico sentado en la butaca. Las hojas del periódico lo camuflaban y su voz sonaba lejana como si de un dios se tratara-. Sería una pena después de todo el trabajo que no terminaras este curso –bajó el periódico para pasar de página y miró a Julio por encima de las gafas-. Ya en septiembre vemos que hacemos, si sigues o no.
Julio emprendió una vez más el ejercicio, pero su cabeza iba a mil revoluciones por segundo. Las notas de la partitura bailaban delante de sus ojos y al poco rato empezó a dar manotazos sobre las teclas del piano. La calma invadió el ánimo de Julio cuando entró en el salón la voz del megáfono anunciando la llegada del camión del tapicero. Se acercó a la ventana y al momento sintió la mano de su padre posándose en su hombro, su madre venía desde la cocina secándose las manos. Julio recordó el verano que alcanzó por primera con la punta de la nariz la ventana del salón y vio el camión del tapicero. Aquel día le preguntó a su padre
-Papa ¿Cómo es el conductor?
-Nadie lo conoce –al padre de Julio le encantaba fantasear-. Es una persona muy importante y todos lo respetan -acercó su rostro al de Julio-. Muchos incluso le tienen miedo -se apartó y estiró los brazos en cruz con la palmas abiertas-. Dicen que vive en un castillo gigante –apoyó las manos en el alféizar de la ventana y miró al exterior-. A veces se asoma a la ventana y la gente lo ve -giró la cabeza de repente y miró a los ojos de Julio- Pero lleva un sombrero negro que le tapa la cara.
-Jorge por favor -Sara le dio un guantazo en el hombro a su marido-. No le digas tonterías al niño.
Julio quedó fascinado al saber que ese hombre tan misterioso llevaba sombrero negro.
Para la familia Jiménez los veranos comenzaban cuando el camión del tapicero pasaba por su calle. Padre, madre e hijo se postraban ante la ventana para ver el desfile de tan preciado vehículo y escuchar su poesía cantada a través del megáfono adosado al techo. Sara descansaba su cuerpo sobre el pecho de Jorge que la agarraba con fuerza por la cintura. El pequeño Julio se rascaba la oreja caída mientras su padre le acariciaba la cabeza revolviéndole el pelo. El grado de intimidad y de unidad que conseguía la familia en esos momentos no se repetía en el resto del año.
Pero en el verano del 99 las cosas empezaron a cambiar. El pequeño Julio se había convertido en un hombretón de voz potente y con una melena rizada que le tapaba las orejas. Había terminado el bachillerato con el mejor expediente del instituto y se encontraba inmerso en una difícil situación, decidir qué hacer con su vida cuando lo que más le apetecía era callejear hasta altas horas de la noche. El futuro de Julio era un tema de conversación recurrente en su casa. Al comenzar un día cualquiera, primero se hablaba del calor “Hace menos que ayer”, después del viento “Hace viento ¿no? y en la playa dicen que se nota más” y finalmente la charla desembocaba en el chico.
-Julio hijo mío ¿por qué no estudias en la universidad? –Sara veía a su hijo y no podía quitarse de la cabeza al pequeño Julio en su primer día de colegio llorando mientras ella se alejaba diciendo adiós con la mano. Se acercó para abrazar al Julio grande. La cabeza reposaba debajo del hombro de Julio. Se separaba para volver a mirarlo. Pensaba en el día que su hijo abandonase la casa para comenzar a valerse por sí mismo y se le rompía el alma. Pero era necesario-. Las matemáticas te encantan ¿No te gusta alguna ingeniería, informática o algo así?
-Deja al niño que haga lo que quiera, es libre –Jorge estaba devolviendo un libro a la estantería y derribó una foto de su padre Miguel. Al colocarla surgió la imagen de su padre mirando a la cámara a través de unas gafas mientras fumaba un cigarrillo apoyado en un almendro. El cristal de las gafas no ocultaba unos ojos sin vida que se enfrentaron con los de Jorge. Miguel nunca aceptó que Jorge estudiase filosofía, le decía “Con las ideas no se come”. Quería que fuese médico porque se le daban muy bien las ciencias. Cuando miraba la foto de la estantería aun sentía el reproche y el silencio de su padre-. Si quiere estudiar que estudie, si quiere ser músico que sea músico, si quiere viajar que viaje. ¡Qué sea feliz!
-¡No le metas más pájaros en la cabeza al niño! Hay que ser más práctico.
Y así siguieron toda la tarde. Jorge ametrallaba con las mejores citas de la historia de la filosofía y Sara daba mazazos con sentencias heredadas de sus padres y abuelos.
Durante la siguiente semana las discusiones en torno a la libertad, el pragmatismo y el futuro de Julio continuaron alimentando un fuego incontrolable. Una tarde Julio entró de lleno en uno de estos debates dialécticos. Las palabras que salieron de su boca extinguieron el fuego. Jorge y Sara se apagaron y terminaron abrazándose por la cintura mientras miraban a Julio con ojos tiernos. Julio había encontrado una solución que llevaría el conflicto a una tregua temporal.
-Me voy a sacar el carnet de conducir.
Julio tardó sólo un mes en conseguir el carnet porque era un muchacho inteligente y habilidoso. Fue un periodo de tranquilidad en la casa. Julio iba con alegría a la autoescuela a realizar tests: dos fallos, cero fallos, un fallo, cero fallos. Su padre solía abordarlo de improvisto, agazapado tras la puerta de la cocina, cuando se dirigía a la clase “Julito no te gustaría ser músico, montar un grupo de jazz o algo así o cantante, porque tienes una voz genial…Bueno tú eres libre de decidir, piénsalo”. O bien a la vuelta de la autoescuela lo esperaba en mitad del pasillo “¿Has pensado ser periodista o escritor? Has ganado todos los premios de redacción del instituto…En fin, tranquilo, lo que hagas bien estará, serás alguien importante”. Sara se limitaba a preguntarle cómo llevaba los tests y Julio los llevaba perfectos porque el día del examen tardó quince minutos en hacerlo sin cometer fallo alguno. Las dos semanas de preparación del examen práctico fueron las mejores del verano para Julio. Deseaba que dieran las cinco para salir corriendo hacia la autoescuela. Eso sí, antes el padre le franqueaba el paso en el salón “Oye Julio no te gustaría ser actor o trabajar en la radio, tienes una dicción muy buena… Pero bueno, no te preocupes, tú serás lo que quieras ser, tienes todos los medios para conseguirlo”. Julio estaba de acuerdo, tenía muy buena dicción. La ponía a prueba algunas noches, cuando rondaba por las calles con sus amigos, bebiendo litronas de cerveza y le pedía a Toño el megáfono de su padre policía para proclamar himnos políticos, futbolísticos y demás tonterías, mientras las vecinas rumoreaban “Anda que el niño de la Sara”. Por su parte Sara le consultaba cómo le iban las prácticas del coche y Julio con una amplia sonrisa siempre contestaba “¡Genial!”. Le encantaba circular por el pueblo, calle arriba, calle abajo. Cuando pasaba por su calle pitaba varias veces, pero no se atrevía a mirar si sus padres se asomaban a la ventana por si estrellaba el coche contra el Kiosco de Manolo.
Fueron unos días felices. Las conversaciones matutinas se redujeron a “Hizo más calor ayer ¿no?” y “Qué ventolera más mala”. Pero el día que Julio aprobó el examen práctico se quebró el pacto de no agresión y el futuro del chico salió otra vez a la superficie. El debate se hacía cada vez más intenso, la cabeza de Julio era un coctel molotov a punto de estallar. ¿Estudiar? ¿Trabajar? ¿Algo práctico? ¿Algo que me guste?
Una tarde estaba tumbado en la cama escuchando la radio cuando sonaron varios anuncios de publicidad y se le iluminó la cara. Había dado con la solución. La tenía delante y no le había prestado atención hasta ahora. Era un trabajo perfecto, lo tenía todo, le gustaba, la gente disfrutaría de su voz y sería una persona importante como dijo su padre. Todas las piezas encajaban. A pesar de todo no estaba seguro, no se imaginaba el momento en que le dijera a sus padres “Quiero conducir el camión del tapicero”, porque sabía que estallaría una batalla campal. Su madre arremetería “¡Lo ves Jorge! Mira lo que has conseguido con tus tonterías y tus ideas de maestrillo”, su padre no pasaría de un “Pero hijo…” y desearía cruzarle la cara, pero lo frenaría la falta de consenso en las diversas teorías pedagógicas acerca de la edad límite para pegar a un hijo. Julio no lo veía claro, era una pena porque le brillaban los ojos nada más pensar en conocer el mundo sobre el camión, visitando pueblos y ciudades donde hacer felices a las familias como lo habían hecho cada verano con la suya.
El verano comenzó. La megafonía anunciaba la entrada en la calle del camión del tapicero. Sara corrió hacia la ventana y se tapó la boca con la mano izquierda para impedir la salida del barranco de emociones que colapsaban su interior. Vio un brazo desnudo saludando con energía a través de la ventanilla del camión y contestó al saludo levantando la mano derecha abierta. Sara se giró y miró a su marido sentado en la butaca leyendo “Niño ven, es Julio” El cristal de las gafas de Jorge no impidió ver el reproche de unos ojos sin vida que guardaron silencio. Siguió leyendo.
Daniel López Mendoza
(Diciembre 2009)
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Relatos Daniel Lopez
LA ISLA DE LAS DOS MENTIRAS Jose V. Dorado
LA CASA DE LAS DOS MENTIRAS José Vicente Dorado
—¿Sabes amor?, he tenido un sueño extraño —Ricardo lo dice con la voz ronca y floja del que acaba de espabilarse y pelea por situar los límites entre el sueño y el despertar a otro nivel de consciencia, el que exige tener los ojos abiertos para poder ver—. Yo era un túnel sin iluminación, un hueco en la gran montaña madre que todo lo ve —esboza una tímida sonrisa recordándose niño el primer día que subió a la nieve y un escalofrío lo recorre por detrás sintiendo de nuevo aquella bola cobarde depositada por su madrastra en el cuello. Calla un instante.
—¿Un túnel?...curioso —María lleva un rato despierta, dejándose sorprender por el juego de luces y sombras cambiantes que crea la primera luz de la mañana, enroscada a su cuerpo, sintiendo su calor, abrazada al hombre con el que ha viajado a ésta maravillosa isla del Mediterráneo donde han de esperar tiempos mejores. Calla para seguir escuchando.
—Y de mí salían pájaros, inquietos, como con las alas cargadas de miedo. Pájaros que huían de la oscuridad creciente. Aves de colores que momentos antes me hacían cosquillas y arrullaban mis sueños —él, un hombre mayor que ella, de aspecto bonachón y afable, permanece tumbado boca arriba intentando ver en el techo lo que su mente pinta—. No me gusta el negro espeso que habita en su interior, viene manchado de rojo —vuelve a sonreír levemente, se gira hacia ella para poder mirarla de frente—. Menos mal que tú estabas allí, a mi vera, como flecha de luz lista a ser lanzada para romper las tinieblas —deposita sus labios sobre la frente de ella, dos veces, aspira el dulce olor a canela de su piel.
—¡Vaya! —suavemente, cierra sus brazos sobre él para transmitirle seguridad y hacerle una transferencia de ternura sin intereses—. ¿Y se puede saber quién me ha dado a mí vela en éste entierro? —le besa, baja las manos por su espalda, intenta, sin éxito, darle un pellizco en el trasero.
—No cielo, no es hora de hablar de entierros —pierde sus manos entre su revuelto y desordenado pelo. Se oculta bajo la sábana y su voz enamorada suena obturada por los pliegos del lino—. Ahora es hora de la fiesta de la vida. Ven que te lance una flecha —los dos se revuelven en la cama y ríen. Sus voces y sonrisas suenan cada vez más lejanas. Se cierra la puerta de su cuarto. Se alarga el pasillo. Ya apenas se oye nada.
El pájaro verde, menudo, aletea febrilmente deteniendo el tiempo con sus alas. Posado en el aire parece inmóvil, y un tic nervioso de esfuerzo le lleva de flor en flor. Exhibe un largo pico que le pone en contacto con el dulce néctar. La tristeza se parece al vuelo de un colibrí. Vuela sin cesar sin poder detenerse en el objeto deseado, lo cata, le alimenta, apenas un roce. Un golpe de alas y ya no está. Volvemos a empezar. El color que te llama, el encuentro en el aire, la explosión dulce y, repentinamente, ya no está.
Ricardo era un poco así, amaba a las mujeres, su cuerpo, su risa, su capacidad de crear vida, de ver el mundo colocando un cristal de colores por delante de sus ojos, de crear y creer historias posibles. Aunque la naturaleza le había entregado un cuerpo incapaz de un grácil vuelo, saltaba de cama en cama tras acariciarlas con palabras hermosas y bien agrupadas, disfrutaba con ellas. Pero desde que conoció a María en aquel breve encuentro en el parque forestal de la gran ciudad, supo que ella no era una mujer más.
Tuvieron que esperar unos años para fundirse en el primer abrazo. Sus pieles sintieron un restallido al acariciarse la primera vez, y aquel latigazo, aquel rayo vibrante ya no cesó, fue compañero de viajes, encuentros y huidas, recuerdo que llena huecos y silencios de espera. Habían estrenado y redecorado casas, compartido maletas de ropa e ideas. Años de tránsito, idealismo, defensa, banderas.
Pero ahora, de regreso a su país, cuando toca gozar serenamente de lo vivido, de los objetos recolectados guardados como un tesoro, de seguir pensando que un mundo más justo es posible por más que se empeñe en ser otra cosa, cuando el cuerpo y las fuerzas tienden a fallar, recibe la visita de un amigo no invitado, indeseado, que llega, se queda, crece, todo lo destruye desde dentro.
—Amor ¿te acuerdas del Mediterráneo? —habla desde la cama, mirando cómo nace un nuevo día a lomos del océano mal nombrado. El dolor apenas le ha dejado dormir.
—¿Y cómo podría olvidarlo? —ella intenta arreglarse el pelo frente al espejo, colocada de espaldas a la cama. Aprieta los labios. Decide no llorar. Busca una dentro una bonita sonrisa—. No querrás que regresemos para repetir todo lo que hicimos en aquella apartada casa de la isla ¿verdad? —se dirige a la cama. Sentada en el borde le regala una ráfaga de color de una mirada que mantiene inmóvil, como congelada, pintando la distancia que separa sus rostros—. ¿Cómo era aquello que me decías de robar estrellas?
—Cosas de joven impetuoso.
—No digas eso cielo, lo sabe todo el mundo, es un tópico universal: el amor no tiene documento de identidad ni fecha de caducidad.
—Las estrellas que yo traería ahora serían antorchas de luz que iluminaran para el mundo todos los rincones oscuros de los que vienen desfilando para arrojar con fuerza a los barrancos la sonrisa de las madres. —se incorpora. Ella le coloca la almohada en la espalda. Abrocha el último botón de su pijama de rayas. Deposita una breve caricia sobre su mejilla. Le besa. Él traga saliva y la nota cómo se abre peso por su garganta inflamada. Se ve en sus ojos, esos hermosos ojos—. Estrellas faro que marcan el rumbo para no encallar en las rocas de la ignorancia y el desprecio. ¿Cómo se puede querer matar una palabra?
—¿Y qué palabra es esa? —él se toma unos segundos y sigue observando el océano. Sobre la espuma de las grandes olas que rompen sobre la arena de la playa para perderse entre las redondeadas rocas le parece ver unas sombras transparentes. Tienen forma de voluta humana, figuras de hombres jóvenes que le saludan, algunos con el puño en alto. Ella insiste—. Cielo, ¿qué palabra?
—Libertad, mi amor, libertad es la palabra. Andá, acercarme la medicina y el batín, por favor. No quiero estar acostado cuando llegue.
—¿Y se puede saber quién va a llegar?
—Ella, la sombra visible en el corazón del pozo más amargo, sombra fría proyectada por un desafío de muerte entre hermanos. No hay guerra más cruel que la que manda sus balas sobre un vecino, un hermano, un hijo —su mirada se congela, está helada, cristalina—. Me duele tanto la tierra.
Un ave marina ha llegado para posarse al otro lado del gran ventanal. Algunos le llaman pájaro bobo y también totoralero. Es un albatros de ceja negra. Un poderoso animal de pluma blanca y alas negras en su envés superior, y negras con una leve franja blanca en el dorso. Parece viejo y cansado tras años de vuelo sobre el océano y la playa, posándose lo justo. Mira hacia dentro de la habitación. Toca el cristal con su pico amarillo. Trae un trozo de un alga esponjosa verde intenso que deposita ante sus patas. Unas voces le sobresaltan, emprende el vuelo, regresa al mar. Su tiempo también se agota.
Los soldados han llegado temprano, cuando la neblina matinal aún atrapa la primera luz en la calle. La empalizada que hace de frontera entre la arena del camino y la casa de las dos mentiras, luce una piel húmeda. La radio lleva días contando sucesos difíciles de explicar. Algunos ciudadanos arrojan plumas y maíz a los militares, tratándolos como si fueran gallinas, provocándoles. Hay rumores de un pronunciamiento militar inminente. —pero ¿cómo se puede llamar así a un golpe de Estado?, ¿a qué acarajotado académico de la Real se le ocurrió hacer compartir tan dispares significados: sentencia judicial, manifiesto civil y rebelión de uniformados?—. Irrumpen en la casa como una tromba de agua, como una ola que se niega a detener su avance entre las rocas, como esos momentos en los que el agua parece orgullosa recuperando un antiguo cauce. Se disipan por los recovecos, profanan el hogar de los amantes. Sólo un par de órdenes del superior y ya están sacando libros de los anaqueles, revisando entre sus hojas, abriendo cajones. Caen al suelo algunas caracolas. Miles de años esperando para ser admiradas y hechas añicos en dos segundos. María les pide que paren, que le expliquen qué buscan, quien les manda, por qué lo hacen.
—¿Se han vuelto locos? Es despreciable lo que hacen —no quiere levantar la voz. Mira nerviosa a todas partes, no sabe si ir o venir, en dónde colocarse, qué proteger—. ¿Tiene algún sentido todo esto?
—Apártese señora —responde seco el de los galones en el hombro—. ¿Donde está su marido?
—Arriba, en la cama, está muy enfermo.
—Que muera el perro comunista —deja caer como una bola de piedra desde un acantilado uno de los soldados más jóvenes.
—¿Pero, pero qué ha dicho este jovenzuelo maleducado?, ¿como puede ser tan vil en mi propia casa? —los nervios de María crecen.
—Vargas, guarde la lengua en la boca —ordena el oficial—, o tendré que guardárselo yo en otro agujero —mira a María—. ¿Por donde se va al dormitorio, señora?
—Caballero, deje tranquilo a mi esposo. No hay nada ahí arriba que le pueda interesar.
—Se equivoca, él es lo que más me interesa. Pero relájese, le juro por la amada patria que no le haré ningún daño. Y ahora, insisto por última vez, ¿donde?
—¿Patria? ¿a qué patria se refiere? Ustedes están pisoteando la mía y la de mi marido, la nuestra, la de nuestros amigos, la de nuestra gente.
—Capitán —grita uno de los soldados desde el fondo—. Aquí, tras esta puerta, sube una estrecha escalera de caracol.
—Muy bien, continúen con el registro. Vigilen a la señora... y que no salga del salón “patrio”.
El hombre uniformado se pierde por la escalera. Permanece un cuarto de hora arriba, con él, en su penúltima cama. El viento es como un caballo, galopa sobre el mar y la tierra, arrastra las voces, borra las miradas de los dos. Cuando el uniformado baja, mira primero a María y luego las botellas y los pequeños barcos. Ordena retirarse. Acabó la visita no programada. —¿era realmente una lágrima lo que le nacía en el ojo?
El pájaro negro se posa sobre el cableado de la luz situado al sur de la esquina de la plaza del palacio que fue fábrica de monedas, la más cercana al sol postrero. Hay humo y huele a una mezcla de polvo, madera y goma quemada. Los aviones terminaron su trabajo. Suena un disparo. Dirán que fue por decisión propia, sin ayuda. El cielo se llena de tinieblas. Vuela el pájaro. Cae la noche. Hace frío. Comienza el tiempo del tirano.
“Ahí está, mirarlo...es mi féretro. Fijaros cómo lo traen por el jardín inundado por aquellos que se visten iguales para hacer daño y camuflarse. Ellos desconocen que las palabras nunca se ahogan, que flotan entre blancos arrugados, se funden y ceden su alma de tinta verde al reguero. Un jardín de libros encharcados, como náufragos, abandonan temerosos el barco y se encuentran con el frío de la noche y el gélido agua, esperando ayuda, imaginando cómo es la salvación. Ayer dormitaban en las estanterías veneradas recordando el último día que recibieron el calor de una mirada y la caricia de unas manos pegadas a un alma curiosa y excitada, ansiosa por compartir el universo de experiencias que guarda, entre sus tapas, sobre sus hojas. Yo que siempre fui marinero en tierra, marinero de zapatos secos, camarero de alegrías, al que gusta saludar a capitanes y pescadores desde el jardín de su casa, la casa de las dos mentiras, me encuentro aquí, ahora, a punto de regresara ese barco de madera hecho a la medida que ha de regresarme a la postrera morada. He de partir, lo sé, pero no tengo prisa. Escucho el susurro, tiemblo con los lamentos, los quejidos de millones de palabras pisoteadas, palabras mártires que ahora sirven para soportar el peso de los que portan mi cuerpo y cruzan el jardín inundado por la infamia y el desprecio. Pero antes de irme quiero contaros un secreto: su odio no podrá con mi alegría. Mis versos nadarán entre los surcos, por las alcantarillas, hasta llegar al mar en el que muchas nacieron. Os espero en la playa, entre las grandes piedras. Preparad vuestros cuadernos y traeros vuestras copas de colores. Recoged cada día mis palabras de la arena y ofrecerles el calor de un nuevo cuaderno escrito con tinta verde. ¡Ah!...y no olvidad un brindis, por el amor, por la vida compartida... Chascona, mi amor se nutre de tu amor y mientras vivas estará en tus brazos. Amor, quiero que sigas oyendo el viento, pisando la arena que pisamos. Amor, te espero, pero no tengas prisa que aún tienes que alzar y prestar la voz un millón de veces. Amor, amor, te aguardo con flores en el lecho”
—¿Donde has encontrado esta carta?
—Ella me encontró a mí.
—¿Una carta viajera?
—Una carta compañera. Él me la dio una mañana en su casa de las dos mentiras, poco antes de ser trasladado a Santiago. La guardé en el bolsillo de la chaqueta de mi uniforme y bajé las escaleras en silencio.
—¿Era para ti?
—Era para todos.
—¿La casa de las dos mentiras?
—Dale una vuelta...la casa de Isla Negra…¿ya? —los dos ancianos apuran su chocolate caliente en el Café Literario del parque Balmaceda, en el barrio de Providencia de la capital chilena. Al otro lado del río Mapocho, en Bellavista, vivió y amó Ricardo Eliécer Neftalí. El tráfico suena lejano. Algunos chicos se asoman al mundo con su portátil. El sol rompe la niebla, por fin.
—¿Sabes amor?, he tenido un sueño extraño —Ricardo lo dice con la voz ronca y floja del que acaba de espabilarse y pelea por situar los límites entre el sueño y el despertar a otro nivel de consciencia, el que exige tener los ojos abiertos para poder ver—. Yo era un túnel sin iluminación, un hueco en la gran montaña madre que todo lo ve —esboza una tímida sonrisa recordándose niño el primer día que subió a la nieve y un escalofrío lo recorre por detrás sintiendo de nuevo aquella bola cobarde depositada por su madrastra en el cuello. Calla un instante.
—¿Un túnel?...curioso —María lleva un rato despierta, dejándose sorprender por el juego de luces y sombras cambiantes que crea la primera luz de la mañana, enroscada a su cuerpo, sintiendo su calor, abrazada al hombre con el que ha viajado a ésta maravillosa isla del Mediterráneo donde han de esperar tiempos mejores. Calla para seguir escuchando.
—Y de mí salían pájaros, inquietos, como con las alas cargadas de miedo. Pájaros que huían de la oscuridad creciente. Aves de colores que momentos antes me hacían cosquillas y arrullaban mis sueños —él, un hombre mayor que ella, de aspecto bonachón y afable, permanece tumbado boca arriba intentando ver en el techo lo que su mente pinta—. No me gusta el negro espeso que habita en su interior, viene manchado de rojo —vuelve a sonreír levemente, se gira hacia ella para poder mirarla de frente—. Menos mal que tú estabas allí, a mi vera, como flecha de luz lista a ser lanzada para romper las tinieblas —deposita sus labios sobre la frente de ella, dos veces, aspira el dulce olor a canela de su piel.
—¡Vaya! —suavemente, cierra sus brazos sobre él para transmitirle seguridad y hacerle una transferencia de ternura sin intereses—. ¿Y se puede saber quién me ha dado a mí vela en éste entierro? —le besa, baja las manos por su espalda, intenta, sin éxito, darle un pellizco en el trasero.
—No cielo, no es hora de hablar de entierros —pierde sus manos entre su revuelto y desordenado pelo. Se oculta bajo la sábana y su voz enamorada suena obturada por los pliegos del lino—. Ahora es hora de la fiesta de la vida. Ven que te lance una flecha —los dos se revuelven en la cama y ríen. Sus voces y sonrisas suenan cada vez más lejanas. Se cierra la puerta de su cuarto. Se alarga el pasillo. Ya apenas se oye nada.
El pájaro verde, menudo, aletea febrilmente deteniendo el tiempo con sus alas. Posado en el aire parece inmóvil, y un tic nervioso de esfuerzo le lleva de flor en flor. Exhibe un largo pico que le pone en contacto con el dulce néctar. La tristeza se parece al vuelo de un colibrí. Vuela sin cesar sin poder detenerse en el objeto deseado, lo cata, le alimenta, apenas un roce. Un golpe de alas y ya no está. Volvemos a empezar. El color que te llama, el encuentro en el aire, la explosión dulce y, repentinamente, ya no está.
Ricardo era un poco así, amaba a las mujeres, su cuerpo, su risa, su capacidad de crear vida, de ver el mundo colocando un cristal de colores por delante de sus ojos, de crear y creer historias posibles. Aunque la naturaleza le había entregado un cuerpo incapaz de un grácil vuelo, saltaba de cama en cama tras acariciarlas con palabras hermosas y bien agrupadas, disfrutaba con ellas. Pero desde que conoció a María en aquel breve encuentro en el parque forestal de la gran ciudad, supo que ella no era una mujer más.
Tuvieron que esperar unos años para fundirse en el primer abrazo. Sus pieles sintieron un restallido al acariciarse la primera vez, y aquel latigazo, aquel rayo vibrante ya no cesó, fue compañero de viajes, encuentros y huidas, recuerdo que llena huecos y silencios de espera. Habían estrenado y redecorado casas, compartido maletas de ropa e ideas. Años de tránsito, idealismo, defensa, banderas.
Pero ahora, de regreso a su país, cuando toca gozar serenamente de lo vivido, de los objetos recolectados guardados como un tesoro, de seguir pensando que un mundo más justo es posible por más que se empeñe en ser otra cosa, cuando el cuerpo y las fuerzas tienden a fallar, recibe la visita de un amigo no invitado, indeseado, que llega, se queda, crece, todo lo destruye desde dentro.
—Amor ¿te acuerdas del Mediterráneo? —habla desde la cama, mirando cómo nace un nuevo día a lomos del océano mal nombrado. El dolor apenas le ha dejado dormir.
—¿Y cómo podría olvidarlo? —ella intenta arreglarse el pelo frente al espejo, colocada de espaldas a la cama. Aprieta los labios. Decide no llorar. Busca una dentro una bonita sonrisa—. No querrás que regresemos para repetir todo lo que hicimos en aquella apartada casa de la isla ¿verdad? —se dirige a la cama. Sentada en el borde le regala una ráfaga de color de una mirada que mantiene inmóvil, como congelada, pintando la distancia que separa sus rostros—. ¿Cómo era aquello que me decías de robar estrellas?
—Cosas de joven impetuoso.
—No digas eso cielo, lo sabe todo el mundo, es un tópico universal: el amor no tiene documento de identidad ni fecha de caducidad.
—Las estrellas que yo traería ahora serían antorchas de luz que iluminaran para el mundo todos los rincones oscuros de los que vienen desfilando para arrojar con fuerza a los barrancos la sonrisa de las madres. —se incorpora. Ella le coloca la almohada en la espalda. Abrocha el último botón de su pijama de rayas. Deposita una breve caricia sobre su mejilla. Le besa. Él traga saliva y la nota cómo se abre peso por su garganta inflamada. Se ve en sus ojos, esos hermosos ojos—. Estrellas faro que marcan el rumbo para no encallar en las rocas de la ignorancia y el desprecio. ¿Cómo se puede querer matar una palabra?
—¿Y qué palabra es esa? —él se toma unos segundos y sigue observando el océano. Sobre la espuma de las grandes olas que rompen sobre la arena de la playa para perderse entre las redondeadas rocas le parece ver unas sombras transparentes. Tienen forma de voluta humana, figuras de hombres jóvenes que le saludan, algunos con el puño en alto. Ella insiste—. Cielo, ¿qué palabra?
—Libertad, mi amor, libertad es la palabra. Andá, acercarme la medicina y el batín, por favor. No quiero estar acostado cuando llegue.
—¿Y se puede saber quién va a llegar?
—Ella, la sombra visible en el corazón del pozo más amargo, sombra fría proyectada por un desafío de muerte entre hermanos. No hay guerra más cruel que la que manda sus balas sobre un vecino, un hermano, un hijo —su mirada se congela, está helada, cristalina—. Me duele tanto la tierra.
Un ave marina ha llegado para posarse al otro lado del gran ventanal. Algunos le llaman pájaro bobo y también totoralero. Es un albatros de ceja negra. Un poderoso animal de pluma blanca y alas negras en su envés superior, y negras con una leve franja blanca en el dorso. Parece viejo y cansado tras años de vuelo sobre el océano y la playa, posándose lo justo. Mira hacia dentro de la habitación. Toca el cristal con su pico amarillo. Trae un trozo de un alga esponjosa verde intenso que deposita ante sus patas. Unas voces le sobresaltan, emprende el vuelo, regresa al mar. Su tiempo también se agota.
Los soldados han llegado temprano, cuando la neblina matinal aún atrapa la primera luz en la calle. La empalizada que hace de frontera entre la arena del camino y la casa de las dos mentiras, luce una piel húmeda. La radio lleva días contando sucesos difíciles de explicar. Algunos ciudadanos arrojan plumas y maíz a los militares, tratándolos como si fueran gallinas, provocándoles. Hay rumores de un pronunciamiento militar inminente. —pero ¿cómo se puede llamar así a un golpe de Estado?, ¿a qué acarajotado académico de la Real se le ocurrió hacer compartir tan dispares significados: sentencia judicial, manifiesto civil y rebelión de uniformados?—. Irrumpen en la casa como una tromba de agua, como una ola que se niega a detener su avance entre las rocas, como esos momentos en los que el agua parece orgullosa recuperando un antiguo cauce. Se disipan por los recovecos, profanan el hogar de los amantes. Sólo un par de órdenes del superior y ya están sacando libros de los anaqueles, revisando entre sus hojas, abriendo cajones. Caen al suelo algunas caracolas. Miles de años esperando para ser admiradas y hechas añicos en dos segundos. María les pide que paren, que le expliquen qué buscan, quien les manda, por qué lo hacen.
—¿Se han vuelto locos? Es despreciable lo que hacen —no quiere levantar la voz. Mira nerviosa a todas partes, no sabe si ir o venir, en dónde colocarse, qué proteger—. ¿Tiene algún sentido todo esto?
—Apártese señora —responde seco el de los galones en el hombro—. ¿Donde está su marido?
—Arriba, en la cama, está muy enfermo.
—Que muera el perro comunista —deja caer como una bola de piedra desde un acantilado uno de los soldados más jóvenes.
—¿Pero, pero qué ha dicho este jovenzuelo maleducado?, ¿como puede ser tan vil en mi propia casa? —los nervios de María crecen.
—Vargas, guarde la lengua en la boca —ordena el oficial—, o tendré que guardárselo yo en otro agujero —mira a María—. ¿Por donde se va al dormitorio, señora?
—Caballero, deje tranquilo a mi esposo. No hay nada ahí arriba que le pueda interesar.
—Se equivoca, él es lo que más me interesa. Pero relájese, le juro por la amada patria que no le haré ningún daño. Y ahora, insisto por última vez, ¿donde?
—¿Patria? ¿a qué patria se refiere? Ustedes están pisoteando la mía y la de mi marido, la nuestra, la de nuestros amigos, la de nuestra gente.
—Capitán —grita uno de los soldados desde el fondo—. Aquí, tras esta puerta, sube una estrecha escalera de caracol.
—Muy bien, continúen con el registro. Vigilen a la señora... y que no salga del salón “patrio”.
El hombre uniformado se pierde por la escalera. Permanece un cuarto de hora arriba, con él, en su penúltima cama. El viento es como un caballo, galopa sobre el mar y la tierra, arrastra las voces, borra las miradas de los dos. Cuando el uniformado baja, mira primero a María y luego las botellas y los pequeños barcos. Ordena retirarse. Acabó la visita no programada. —¿era realmente una lágrima lo que le nacía en el ojo?
El pájaro negro se posa sobre el cableado de la luz situado al sur de la esquina de la plaza del palacio que fue fábrica de monedas, la más cercana al sol postrero. Hay humo y huele a una mezcla de polvo, madera y goma quemada. Los aviones terminaron su trabajo. Suena un disparo. Dirán que fue por decisión propia, sin ayuda. El cielo se llena de tinieblas. Vuela el pájaro. Cae la noche. Hace frío. Comienza el tiempo del tirano.
“Ahí está, mirarlo...es mi féretro. Fijaros cómo lo traen por el jardín inundado por aquellos que se visten iguales para hacer daño y camuflarse. Ellos desconocen que las palabras nunca se ahogan, que flotan entre blancos arrugados, se funden y ceden su alma de tinta verde al reguero. Un jardín de libros encharcados, como náufragos, abandonan temerosos el barco y se encuentran con el frío de la noche y el gélido agua, esperando ayuda, imaginando cómo es la salvación. Ayer dormitaban en las estanterías veneradas recordando el último día que recibieron el calor de una mirada y la caricia de unas manos pegadas a un alma curiosa y excitada, ansiosa por compartir el universo de experiencias que guarda, entre sus tapas, sobre sus hojas. Yo que siempre fui marinero en tierra, marinero de zapatos secos, camarero de alegrías, al que gusta saludar a capitanes y pescadores desde el jardín de su casa, la casa de las dos mentiras, me encuentro aquí, ahora, a punto de regresara ese barco de madera hecho a la medida que ha de regresarme a la postrera morada. He de partir, lo sé, pero no tengo prisa. Escucho el susurro, tiemblo con los lamentos, los quejidos de millones de palabras pisoteadas, palabras mártires que ahora sirven para soportar el peso de los que portan mi cuerpo y cruzan el jardín inundado por la infamia y el desprecio. Pero antes de irme quiero contaros un secreto: su odio no podrá con mi alegría. Mis versos nadarán entre los surcos, por las alcantarillas, hasta llegar al mar en el que muchas nacieron. Os espero en la playa, entre las grandes piedras. Preparad vuestros cuadernos y traeros vuestras copas de colores. Recoged cada día mis palabras de la arena y ofrecerles el calor de un nuevo cuaderno escrito con tinta verde. ¡Ah!...y no olvidad un brindis, por el amor, por la vida compartida... Chascona, mi amor se nutre de tu amor y mientras vivas estará en tus brazos. Amor, quiero que sigas oyendo el viento, pisando la arena que pisamos. Amor, te espero, pero no tengas prisa que aún tienes que alzar y prestar la voz un millón de veces. Amor, amor, te aguardo con flores en el lecho”
—¿Donde has encontrado esta carta?
—Ella me encontró a mí.
—¿Una carta viajera?
—Una carta compañera. Él me la dio una mañana en su casa de las dos mentiras, poco antes de ser trasladado a Santiago. La guardé en el bolsillo de la chaqueta de mi uniforme y bajé las escaleras en silencio.
—¿Era para ti?
—Era para todos.
—¿La casa de las dos mentiras?
—Dale una vuelta...la casa de Isla Negra…¿ya? —los dos ancianos apuran su chocolate caliente en el Café Literario del parque Balmaceda, en el barrio de Providencia de la capital chilena. Al otro lado del río Mapocho, en Bellavista, vivió y amó Ricardo Eliécer Neftalí. El tráfico suena lejano. Algunos chicos se asoman al mundo con su portátil. El sol rompe la niebla, por fin.
jueves, 3 de diciembre de 2009
-Retorno de África por Luisa Moreno relato1
Nieva lentamente sobre París. En el 32 de la Rue de Cambon, desde la ventana de su alcoba Madame La Rochelle observa con indiferencia el leve manto blanco que empieza a cubrir los negros herrajes de forja, los coches y el empedrado. Ha dormido profundamente, tras un viaje agotador. Henry ha madrugado y estará ya al frente de su negocio de antigüedades y maderas nobles. Los ojos de Madame miran fijos hacia la calle sin verla. No parpadea, en sus retinas conserva los colores de África, sus pensamientos se tiñen de ocres, naranjas, infinitas tonalidades de marrones y matices terrosos. Evoca aquellos paisajes, las eternas puestas de sol, el brillo dorado que lo impregnaba todo: chozas, personas, árboles, tierra, animales, río, piedras.
Se mueve por la estancia sin rumbo fijo, como si no reconociera su propio hogar, observa con extrañeza los objetos que durante años la han acompañado. El espejo con molduras doradas del tocador, el pequeño escritorio Art Decó, las tallas de marfil, las lamparitas de bronce con pantallas de seda, el cabecero estilo Rococó; todo ello le parece feo, cursi, de un lujo necio. Siente un leve mareo y llama a Marguerite. La puerta se abre y el pequeño Frou Frou salta a los brazos de su ama y le lame la cara.
–Basta de saludos Frou Frou–. dice lacónica, soltando al caniche sobre la alfombra.
–Buenos días, Madame. ¿Ha llamado?
–Buenos días, Marguerite, por favor tráigame una tisana y avíseme cuando llegue el resto del equipaje y los paquetes con las compras de África.
–En seguida, Madame.
Madame La Rochelle se dirige hacia la chaise longue como sonámbula y se sienta en el filo. Frou Frou le olisquea una mano. Mira de nuevo por la ventana, ha dejado de nevar, un tibio sol intenta abrirse paso en medio de un cielo blanquecino y denso. Acaricia el terciopelo adamascado de la tapicería y vienen a su mente aquellos tejidos multicolor de las mujeres de etnia mossi, desearía ser una de aquellas alegres tejedoras.
Marguerite aparece en la puerta portando una bandeja de plata, con un juego de porcelana de Limoges, sobre un fino mantelito de hilo. Deposita la bandeja sobre el pequeño buró. Y dice:
–Madame, su tisana. –Y antes de retirarse añade: – Ya han llegado los paquetes de África.
–Gracias, Marguerite. Por favor, tráigame enseguida los paquetes aquí, pídale a Pierre que le ayude a cargarlos.
Al cabo de pocos minutos aparece Pierre cargando grandes bultos, Marguerite va tras él con unas maletas medianas.
–Déjenlo todo en el centro de la habitación, sobre al alfombra. Gracias. Pueden retirarse.
Madame se apresura a abrir uno de los enormes bultos. Rasga, impaciente como un animal hambriento, los gruesos papeles que protegen la mercancía. Una piel de cebra asoma por uno de los extremos rasgados. Las manos de la señora se agarran a la piel como las grarras de una leona que sujeta una presa todavía viva. Quita las cuerdas y extrae las alfombras de piel. Las huele intensamente. Con los ojos cerrados recuerda cuando vio por primera vez a Ngene trabajando en su cabaña, su desnudo torso de ébano, sus sencillos enseres, su artesanía de terracota, sus figuras de arcilla y sus tallas de madera. Revive aquel encuentro nocturno con él, su piel oscura y brillante, su sudor, su fuerza al penetrarla. Siente un pellizco en su vientre, como un leve pinchazo que después se calma. Abre el resto de los bultos y saca figurillas y tallas propiciadoras de la fertilidad.
De otro bulto extrae las grandes máscaras sukwaba de madera, pintadas con arcillas de tonos ocre y decoradas con raíces y ramas, todavía conservan el olor a aceite de palma potenciador de sus poderes mágicos. Entonces, como llevada por un impulso instintivo, Madame derriba las lamparitas de pantallas de seda y las porcelanas, que caen con gran estrépito. Coloca en su lugar las figurillas de arcilla. El caniche la sigue de acá para allá, ladrando divertido. Ella tira los cuadros al suelo y cuelga en su lugar las máscaras africanas. Rasga el terciopelo de la chaise longue y la cubre con una piel de leopardo. El perrito ladra histérico, aterrorizado al ver el leopardo, pierde las coletas y corre completamente despeinado a esconderse bajo un sillón. Madame la emprende entonces con el cabecero de la cama y coloca en su lugar las lanzas cruzadas y el escudo de los guerreros nakomse. Recuperado del susto, Frou Frou la persigue por toda la estancia mordiéndole los filos del camisón y las cintas de raso de la bata, tratando de participar en aquel alocado juego. Madame da un traspiés y lo pisa, el perrillo aulla. Ella se para en seco, sudorosa y jadeante. Se acaricia el vientre con las palmas de las manos, sintiendo que su cuerpo empieza a cambiar y que una nueva vida, fuerte, salvaje y pura, late dentro de sí.
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